Una lectura para recomenzar

Cuando cerramos un ciclo anual parece obligatorio afirmar que lo que hicimos, inventamos o creamos, cambiará al mundo. Luego resulta que son los historiadores quienes sentencian el valor de cada periodo y así, cientos de años no han hecho sino dejar espacio para el siguiente, que será mero pretexto para que unos afirmen: este año vimos cosas que… etc. Es el anhelo tan humano por trascender: solemos pensar que no venimos al mundo únicamente para morir y desaparecer, y hacemos a un lado la multitud de vivires cotidianos: hacer sociedad, dar con no pocos placeres a lo largo de la existencia (de los pueriles a los inconfesables, de los individuales a los comunitarios), enfermar, padecer soledad o dolor, amar… no basta: hay que trascender, y no post mórtem: queremos ser testigos de nuestra trascendencia, o cuando menos de la de nuestro tiempo. Para eso está el fin de año, para que hagamos el ejercicio a escala aprehensible: elegimos el suceso, al hombre y la mujer del año, o aseguramos que tal o cual cosa de la que fuimos contemporáneos hará que el planeta, el país o cuando menos la ciudad, nunca vuelvan a ser como antes. En México este 2013, ayuntado con una bola de políticos ineptos, nos regaló la reforma energética. Quienes la criticamos acremente vemos en ella la refundación de la patria: la entrega definitiva de la posibilidad del bien común al imperio del mercado: sálvese quien pueda, el gobierno renunció a administrar los bienes colectivos. Nuestra generación será la última que escuchó ecos de la Revolución de 1910, esa utopía en la que cupieron ideas sociales muy avanzadas, la corrupción más tenaz y distintos remedos de libertad, de democracia y justicia.

Angustiados por este trascender en reversa, que nos pinta de un tono paranoico, tomamos un libro en las manos, leemos su título y caemos en la trampa: Figuraciones mías. ¿Figuraciones de quién? ¿Las de quien escribió? Si ese fuera el caso serían figuraciones suyas. El posesivo es contundente: mías. ¿Nuestras? Sí, el título lo asevera con elocuencia: las figuraciones contenidas ahí me son propias; leemos en voz alta para constatarlo: Figuraciones mías. Lo extraño es que aunque el nombre anuncia que son de cada cual las representaciones que conforman el volumen, aparece firmado por Fernando Savater.

Para quienes estamos habitados por su escritura, Fernando Savater es un activo público. Es Savater, sin Fernando, como quien exclama: Fuenteovejuna; un yo omnisciente, avecindado en el barrio Nosotros, que provoca que las figuraciones de él sean mías, o tuyas. Sí, 2013 nos trajo, de manera sobresaliente, Figuraciones mías, que se explica con dos rasgos que identifican a Savater: “el gozo de leer y el riesgo de pensar”.

 “El riesgo de pensar” no es pura retórica, lo corremos objetivamente al cavilar mientras dialogamos con los textos de Savater, que nos invitan a poner en vilo las vulgaridades que la difusión masiva llama política o ideas o ética o democracia, simplificaciones con las que armamos la realidad por la que somos mansamente conducidos. No es un riesgo menor, es revolucionario, y vale la pena correrlo; además, Savater nos abisma en él desde el gozo de quien en eso de pensar ya fue a los confines ignotos y regresó para contarnos que allá encontró sus lecturas originarias, sus perplejidades reconfiguradas y a intelectuales que también por interpósita escritura lo marcaron a él. Escéptico aventurero, no lo arredra lo que lo rodea, no se limita a la intuición: es el primero del clan en asomarse para decirle a los demás lo que hay afuera, en ese mundo que contado por él adquiere una humanidad profunda, trascendente y, sobre todo, disfrutable y cercana. Figuraciones mías, editorial Ariel; libro breve para no terminar de leerlo nunca, estupendo para ir hacia uno mismo y al placer de la cultura que prescinde de los acontecimientos anuales, la que perdura, como demuestra Savater, incluyéndonos a todos, lo sepamos o no.

 (Felices fiestas. Regreso el sábado 3 de enero)

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