Los ilegales

El dinero de los impuestos paga, entre mil rubros, la nómina de la burocracia, la turbosina del avión del Presidente, los libros de texto gratuitos y gastos cuyo beneficio va a dar a pocos que nada tienen que ver con las aspiraciones y necesidades de la sociedad. Pero el erario tiene límite, por lo que si queremos usar buenas carreteras, debemos pagar aparte, pásele a la caseta; si queremos sentirnos salvos de los peligros que amenazan a cualquiera en su casa, en la calle, debemos pagar aparte, que lo atienda un negocio de protección; si pretendemos una educación adecuada para los hijos, en escuelas cuya formalidad no dependa del humor de los directivos o de los cálculos del sindicato, debemos pagar aparte, pásele a comprar la sensación de que sus vástagos aprenderán inglés y cómputo, con valores; si por un mal precisamos que mañana nos operen, no seis meses después, debemos pagar aparte, pásele con la liquidación de su patrimonio o con el comprobante del seguro privado de gastos médicos mayores; si anhelamos ir por la ciudad en un transporte digno, confiable y limpio, debemos pagar aparte, pásele por su unidad a la agencia de coches; si la expectativa es que la justicia nos mire con los mismos ojos con los que mira, por ejemplo, a un diputado, o si procuramos que esa misma justicia nos salve de caer inmerecidamente en la cárcel, debemos pagar aparte, pásele, con lo que guste cooperar, ante el funcionario público más cercano a su problema.

La anterior caracteriza, desde las fuerzas vivas, a un Estado fallido (el desgastado concepto abarca casi indiscriminadamente), como lo hace el caso de la violencia en Michoacán. Sólo que en tanto lo descrito en el párrafo anterior es parte de la vida cotidiana -qué se le va a hacer- lo segundo es hendidura que puede colapsar la estructura. La impartición torcida y facciosa de la justicia; que nuestro contacto con el gobierno sea mediante servicios deficientes, otorgados como graciosa limosna, no como parte del contrato social, y que algunos puedan imponer con violencia, en un territorio dado, normas particulares, son efectos de la corrupción. De Michoacán (y Guerrero y Tamaulipas y otras porciones de la República) a la rutina de cada ciudadano aparentemente en la normalidad jurídica y democrática, el denominador común es la ociosidad de las leyes que nos rigen. Y sin embargo, seguimos apelando a ellas.

Más allá de las dudas legales y éticas, de lo complejo de tomar postura respecto a las guardias comunitarias, las autodefensas, hay una hebra que sobresale de la madeja: el hartazgo, a escala nacional, del que no se habla. ¿El periodo de incubación de estar hartos ya se cumplió y estamos ante la eclosión de… algo? Poco antes de que estallara la revolución de 1910, Ricardo Flores Magón escribió artículos que aparecen compilados por Armando Bartra en un libro, Regeneración, que en 1977 publicó Editorial Era, que diez años después se unió a la SEP para incluirlo como el volumen 88 de Lecturas Mexicanas. ¿Quién suscribiría hoy algunas de las afirmaciones de Flores Magón?

“El verdadero revolucionario es un ilegal por excelencia. El hombre que ajusta sus actos a la ley podrá ser, a lo sumo, un buen animal domesticado; pero no un revolucionario.” “La ley conserva, la revolución renueva. Por lo mismo, si hay que renovar hay que comenzar por romper la ley.” “Las libertadas conquistadas por la especie humana son la obra de los ilegales de todos los tiempos que tomaron las leyes en sus manos y las hicieron pedazos.”  “Quedan, pues, la ley y el orden para los conservadores y los farsantes.”

Se podrá alegar que las circunstancias en 2014 no son comparables con las de 1910 y que los “ismos” son mero objeto de estudio, el anarquismo el más exótico. Aleguémoslo. Entretanto, que unos y otros debatan a balazos, en los sitios ya identificados como propicios, sus posturas sobre la política, la economía y la moral, y que los inermes esperen a que el Presidente y las instituciones ahora sí… ¿qué?

agustino20@gmail.com