La huella de quien anda

Plantarse ante los hechos y las personas, y mirarlos y cronicarlos sin valerse de las categorías imperantes: el tiempo medido por la duración y signo de los gobiernos; lo políticamente correcto; la consideración apriorística de las expectativas de un público inasible; despersonalizar a quien recuerda y narra para que nadie se sienta agredido; relativizar, es decir, igualar por mera urbanidad lo distinto, lo pobre y lo valioso, lo cercano y lo lejano; atender llamativamente a la posición económica de los personajes y condolerse y exaltar a los que menos tienen. En tres palabras: romper la inercia, esto hace Alfredo Sánchez Gutiérrez en su libro: De memoria, Rayuela Diseño Editorial, 2013.

Mira nada más, podríamos decir al terminar de leerlo: uno tan entretenido en calibrar lo histórico a partir de lo que hacen o dejan de hacer los poderosos, y resulta que un montón de mujeres y hombres han dado forma con su vida, sus perplejidades, con sus goces, sus manías, sus gustos y disgustos, a esta idea llamada Guadalajara. Idea porque al impulso de una falsa concepción de la política y de la relación de ésta con los ciudadanos, de pronto parece que Guadalajara es los crímenes que atestiguamos cada día, pequeños y grandes, o el transporte y la administración públicos que afrentan inclusive a las dignidades más correosas, o la corrupción de unos cuantos o la imposición de modas por la machacona perversidad de los medios de comunicación. Alfredo nos recuerda que Guadalajara es una atmósfera, o mejor dicho: una biósfera suculenta para que la vida, en su acepción humana, no meramente biológica, vaya siendo y deje huellas indelebles, culturalmente profundas, para acercarse a lo tapatío: querible y aborrecible, repelente y gravitacionalmente masivo, único.

El mérito principal de Alfredo Sánchez en De memoria es la calidad que se otorga como testigo y declarante sobre un periodo de tiempo en una sociedad específica: no juzga ni sentencia, selecciona pero no excluye. De su libro no mana ese tufo que otras crónicas despiden y que se puede traducir textualmente así: esto que leen es lo que vale la pena, lo trascendente, cualquier otra versión es espuria. Alfredo nomás (y el “nomás” está dicho como reconocimiento a su índole de buen escritor) convoca a la mirilla por la que él se asomó a Guadalajara y al hacer de algunas de sus gentes para, como que no quiere la cosa, obrar su magia: su recorrido es el mío y al leer dialogo con mi propia historia en la ciudad. En las páginas de su libro Guadalajara es memoria y aspiración; nostalgia que impele al anhelo por recuperarla, que luego se diluye ante la certeza que el texto confirma: ella es siempre ella y asiduamente otra; sus aromas, las suavidades y rugosidades de sus calles, la corteza de algunos fresnos, música, voces, sabores, sentimientos que sólo en su ámbito fueron posibles y su luz, que es todas, no están dichos por Alfredo, se intuyen en la trama, los rememoré yo. Cualquiera que lea De memoria verá no únicamente lo que el autor escogió, sino los hilos con los que cualquiera ha tejido su particular Guadalajara, la conozca o no.

Pero De memoria es también un objeto estupendo, un continente en armonía con el contenido: la cubierta, con un fragmento de La ronda, de Carmen Bordes, es, desde la primera vista, entrañable; cuando lo toma uno en las manos su peso es el correcto (qué pena un libro cuyo volumen miente cuando lo levantamos, supongo que para que cueste menos) y sus páginas y su tipografía se dejan recorrer sin esfuerzo. O sea que Avelino Sordo Vilchis, como suele, hizo muy bien su parte; pero como la edición es casi privada, no es cosa de que vaya uno a la librería más cercana por su ejemplar, menos pedirlo a su voceador, si alguien quiere tenerlo pregunte en: rayuelade1@gmail.com. Cuando todo lo demás falla, lo que no es extraño, nos quedan los libros, refugio y horizonte, archivo de lo que fuimos, vereda de lo que iremos siendo.

agustino20@gmail.com