Nunca como hoy, siempre

Domingo de Ramos, hace cuatro años. La primavera tapatía se asomaba indecisa al dominio de un invierno que nunca es tal, pero que tampoco, estaremos de acuerdo, se parece al verano. Un sol radiante y gozable fue el código de paso para que la amistad supliera a las vulgaridades inanes de la rutina que por motivo de la Semana Santa se habían tomado unos días libres.

Atenidos al ocio cortesía del laicismo mexicano que respeta los días de guardar y se persigna cuando es menester, fue natural hablar de lo que entonces invocaba al chovinismo rancio: el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución. Ninguna de los festejos oficiales que se perfilaban en el horizonte lucía profundo, inclusivo, inteligente o alcanzaba a estimular el fervor mexicanista que, por ejemplo, cualquier noche de un año como hay tantos, provoca José Alfredo Jiménez, si nos ponemos populares, o los murales de Orozco, si sabemos que lo nacional en todo caso es un ovillo de ideas, de filosofías, de historia, de estética y política, para tramar en el tiempo, entre las cosas y la gente y su vida y su memoria.

Ese domingo, en informal asamblea, recordamos a Ramón López Velarde, a La suave patria. ¿Qué escribiría López Velarde si su pluma se gastara por el México del Bicentenario? ¿Diría, así nomás, “Suave Patria: te amo no cual mito, / sino por tu verdad de pan bendito”? Y nos seguimos de largo: ¿y hoy, qué representa la patria para los poetas, es objeto para poetizar? Acordamos preguntarles, con sus respuestas hacer un libro y así conmemorar la independencia conseguida a gritos en 1810: “¡No nos queda otro recurso que ir a coger gachupines!”.

Maná, Selva Negra y la Universidad de Guadalajara se ayuntaron para que 34 creadores sacaran a orear sus intimidades patrias, encabezados, por supuesto, por Ramón López Velarde y José Emilio Pacheco, que en los años sesenta compuso otro poema emblemático, Alta traición: “No amo a mi patria. / Su fulgor abstracto / es inasible.” La antología resultó riquísima. Dos polos tensaron, me parece, la azarosa temática individual: cierta nostalgia, querible y rasposa, por lo que esta nación fue y la ira, el dolor, por la violencia ya constante en aquel remoto, remotísimo 2010. Los poetas no se sustrajeron -no quisieron, no pudieron- a la atmósfera de los múltiples crímenes (de Estado, el común, el organizado) que cubría al país. A cuenta poemas, por meses, la juglaría envió su trabajo y el título final fue una especie de inferencia que se desprendía de la lectura del compendio: País de sombra y fuego. José Emilio Pacheco desembocó en similar reflexión, la escribió en el prólogo: “En otras circunstancias uno diría que País de sombra y fuego marca el nacimiento verdadero de la lírica del siglo XXI en México. Estos poemas nada tienen que ver con lo que escribimos antes aquí. Duele que la violencia aterradora haya precipitado su aparición.” 

Violencia aterradora apenas en 2010, o era ya hoy o quizá en esos días era ya mañana. Dos estrofas del poema de Cristina Rivera Garza: “Usted no es mi amigo, ésta / es la mano que no le doy, póngase / Señor Presidente / en su lugar, le doy / mi espalda/ mi sed, le doy, mi calosfrío ignoto, mi remordida ternura, mis fúlgidas aves, / mis muertos”. Jorge Esquinca: “País de cruces, lampo de nubes / como cabezas, roja vendimia.”

Raúl Bañuelos regresó al México previo al anochecido, y no fue el único, su voz es visillo para otear el punto original y común, aguzó el drama del presente sangriento: “Todos los juegos eran nuestros: / Y se jugaba entero todo el día. / La casa de la infancia y la calle de todos / vivieron el juego múltiple: / desde cada canica, trompo, / valero y corcholata”.

Ayotzinapa acomodó entre los ridículos históricos al Bicentenario y al nacionalismo de encargo, a las reformas integrales, a los procesos electorales y a la democracia de utilería, set de televisión. País de sombra y fuego en este otoño del México de 2014.

 

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