Hazañas marca GDL

Va uno por la calle en automóvil. La ciudad es Guadalajara. Va uno más concentrado que un corredor de Fórmula 1, no por la velocidad, sino para dar con los metros cuadrados de pavimento que permitan que el coche transite sin averiarse, con el deseo de que dure un poco más, no está la cosa para gastar en llantas, en suspensiones o en ajustes de carrocería por el zangoloteo que impone la ausencia de carpeta asfáltica; qué cosas, la pericia del manejador, de la manejadora para llevar la nave por entre hoyancos está directamente relacionada con la economía familiar. Va uno sintiéndose miserable: nada qué hacer, de bien poco sirve quejarse, son muchos años de lo mismo, para qué tanta tecnología automotriz si las vialidades no están dispuestas para disfrutar plenamente de la seguridad y del confort que proveen los coches que hoy existen.

Así va uno: sintiéndose modernamente el centro de la creación a partir de padecer los servicios públicos: lucen como hechos a propósito contra uno; hasta que pasa el camión ruta 51 y vemos a los pasajeros dar tumbos, mansamente, sin sobresaltos evidentes aunque el estado del piso y el sube y baja traqueteante de la "unidad" apunte a una experiencia muy ingrata; unidad que a su vez añade perjuicios a la calle: ahonda baches y rompe el pavimento que precariamente sobrevive. Así va uno hasta que ve de frente a una señora joven con cara de espanto que empuja una carriola ceñida a los coches estacionados: debe sortear agujeros y zigzagueantes vehículos porque la banqueta está peor que el arroyo o de plano desapareció; la criatura, piensa uno, cuando crezca tendrá el umbral del peligro muy alto y alguna tarde dirá a su terapeuta, cuando le narre sus pesadillas recurrentes, mortificado por su mal dormir, por su incapacidad para quedarse quieto (o quieta): todo comenzó cuando mi mamá me sacaba a pasear en Guadalajara.

Va uno así, en coche, en camión, en bicicleta o a pie, hasta que nota que así va la ciudad entera: cada vez menos propensa para vivir en paz, no aporta ni certidumbres básicas, como la de ir de un lado a otro sin tener que hacer más consideraciones que la propia disposición para hacerlo. Según las "estadísticas vitales" del Inegi, 2014, en México nacen cinco niños cada minuto, si hacemos cuentas simples, a partir de ese dato, y calculamos los nacimientos por un lapso similar en Guadalajara, aquí nace un bebé cada cinco minutos. Si tomamos la información de Jalisco Cómo Vamos: de las y los 288 retoños que cada jornada resuellan por primera vez en Guadalajara, 164 serán llevados de allá para acá, y viceversa, en transporte público, que es el que usa 57 por ciento de las y los tapatíos; 75 serán instalados plácidamente en un vehículo particular; y el resto, 49, acompañará a su padre, madre o tutor en una bici o será acarreado en brazos en una caminata, que son los medios habituales de traslado para la gente entre que le tocó nacer. Lo que quizá una a los casi trescientos, sólo simbólicamente, es que en algún momento de su cada día serán porteados en una carriola para aventurarse en lo cotidianamente ignoto: las mudables calles, con todo y banquetas.

Va uno por la calle montado en la certeza de ser ciudadano; condición que uno ejerce en Guadalajara. Va uno más concentrado que los tapatíos aquel 8 de julio de 1914, cuando los constitucionalistas tomaron la ciudad luego de que los huertistas salieron huyendo; en 2016, al transitar por la urbe no sería extraño romperse un tobillo, aquellos dos que vienen en moto podrían ser ladrones, el camión es capaz de virar súbitamente y subirse a la acera, aquel fulano que está parado en la esquina parece sospechoso (¿han visto un policía?) o la señora que empuja el carrito de su bebé, qué bárbara, qué riesgo, ¿por qué no se queda en su casa?, eso de exponerse a ser atropellado para abrirle paso... Así va uno, sintiendo modernamente que los demás estorban, o si uno es algo consciente, va con el desasosiego de que sea uno, con sus hijos, el que está de más.

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