La esperanza está en otra parte

De la reforma que permitió a las mujeres votar, en los años cincuenta del siglo XX, a las modificaciones legales que en los años sesenta llevaron a la Cámara Baja al primer diputado de partido (uno ajeno al PRI) a las que hacia finales de los setenta, que entre otras cosas permitieron sacar de la clandestinidad al Partido Comunista, y hasta las que se aprobaron para evitar que los partidos hicieran directamente la contratación de tiempo en los medios electrónicos de comunicación, podemos decir que hemos intentado todo, que hemos gastado mucho para que nuestra democracia fuera cada vez más profunda, de evidente representatividad y útil para la vida cotidiana y para imponer la igualdad. Lo alcanzado no está en concordancia con el esfuerzo, menos aún con las vidas que el trance político de un siglo segó, y ni siquiera ha bastado para que la gente confíe en las instituciones, en las autoridades.

Para lo que sí ha servido este inacabable debate nacional llamada reforma electoral, es para dar tema de conversación y para apuntalar en el imaginario a los enemigos constantes del pueblo: los políticos, que han llevado al país del desarrollo estabilizador, con milagro mexicano incluido, al populismo y al neoliberalismo que en sus comienzos amagó con instalarnos en el primer mundo y hoy se exhibe en los estertores de un sistema que prohijó violencia, pobreza, injusticia y desigualdad, y que no obstante, nos dicen, está urgido, otra vez, de una reforma política. Por lo pronto en Jalisco.

La verdad es que si uno está metido en la coyuntura adecuada para mirar el juego del poder, nada tan atractivo como dejarse llevar por la vorágine, tras la certeza de que una reforma electoral es de primera necesidad: reducir el financiamiento a los partidos; bajar el número de diputados plurinominales y de regidores; regular el gasto en redes sociales; quitar presupuesto al Instituto y al Tribunal electorales en los años sin elección; segunda vuelta para elegir gobernador; diputado migrante; disminuir los días de campaña; debate obligatorio entre candidatos; eliminar el repechaje para la selección de diputados; elevar de 3 a 3.5 por ciento de la votación válida el requisito para asignar legisladores de representación proporcional o por vía plurinominal; que las regidurías sean votadas de forma directa; paridad de género en las candidaturas.

Pero si como la inmensa mayoría nos mantenemos ajenos al intercambio entre quienes ostentan una importancia pública auto conferida, podemos comenzar desde lo básico, o sea, planteando el problema: el sistema, los gobiernos y los partidos no han resuelto los grandes problemas, nacionales o estatales; no ha sido por falta de dinero, tampoco porque los gobernantes no hayan podido darse las leyes que consideraran imprescindibles, cada seis años (según la metodología prueba y error); además, las y los ciudadanos han sido tolerantes para esperar los efectos benéficos de tanta democracia pregonada, más bien la participación pacífica ha sido su actitud. Entonces, ¿los cambios propuestos que por estos días llenan los diarios, algunos enunciados en el párrafo previo, harán la diferencia que con fruición aguardamos? Por ejemplo, partidos eficientes e irrebatiblemente de interés común; representación política adecuada y honesta de la gente y de sus intereses; gobiernos vueltos hacia la rendición de cuentas; justicia, seguridad. Quizá es mucho pedir a un tan mal llevado intento de reforma política, acotemos las expectativas: ¿por lo menos las reformas apuntan en la dirección anhelada? No, quedó dicho al inicio: tentativas como éstas ya las calamos, ya pasamos por procesos como éste y el desenlace es previsible: buscarán que abracemos como conquista mayúscula la medianía de lo que se logre: gestos de corrección política, centavos ahorrados, y nos mostrarán los acuerdos entre las y los legisladores, y por ende entre sus factótums, como brillo auténtico de la democracia en estado puro.

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