Una de espantos

Hace apenas cuatro meses, Donald Trump nos hacía temer todo tipo de catástrofes, veíamos en su advenimiento el fin de una era que abarcó dos siglos; por él, México y Estados Unidos estrenarían modo de mirarse, también un recelo iracundo, y dejarían de lado los quereres, que a pesar de los pesares los han unido, para anular lo común, incluida la fatalidad de ser vecinos tan diferentes. Parecía que las transfusiones de cultura que sin cálculo de por medio entrambos países se aplicaban cotidianamente, dejarían de ser el origen de una tradición nueva para convertirse en cicatriz de lo que nunca debió ser.

El 20 de enero fue para nosotros el espectáculo de la bestia amenazante que deja la marisma; dimos fe del calibre de sus colmillos, de su determinación a prueba de inteligencia y de algo ominoso que emergió con ella: el cúmulo de taras magnificadas que sin razón nos atribuimos. Preveíamos un corrimiento del peso al vacío y el regreso masivo de migrantes, sospechamos que la inflación sería secuela del hacer monstruoso y preparamos la autopsia de varias industrias, del TLC y del PIB. El desprecio de Trump hacia los mexicanos lucía como boya para poner a flote su programa de gobierno, las mentes más febriles entre nosotros se atrevieron a denunciar el tufo guerrero de la postura del ensoberbecido. Circularon mil historias de vejaciones contra mexicanos, cosas inverosímiles sucedían a compatriotas en suelo estadunidense, en aviones, en las ventanillas de migración, en escuelas, en las aduanas; era creíble que una horda de racistas ignorantes y acomplejados sintió que el monstruo entronizado era la señal para salir de la jaula en la que estaba más o menos contenida.

Nunca es buen tiempo para cosas como las narradas, sin embargo, éstas se aposentaron en el imaginario nacional en el peor, cuando la acumulación de disparates y tonterías, de banalidades y corrupción tenían al régimen de Enrique Peña Nieto en la cima del altar que dedicamos a los gobiernos de un país que contabiliza una mayoría de aquéllos divida entre malos y malísimos. Así que entre el monstruo y un gobierno despreciado formaron un marco de referencia apocalíptico, México iba en camino de ser la tierra baldía. Tan intensa era la sensación de lo nunca visto, del acabose, que algunos y algunas discurrieron que el espíritu patrio necesitaba repararse en un acto de unidad marchante, uno por cada ciudad. No resultó, tal vez la excesiva alarma no consiguió que la masa creyera que de la postración saldríamos con reacciones de cliché.

Con el paso de los meses no hubo más señales del mal postrero, el peso regresó al valor que le correspondía, sí, más alto que antes de que el monstruo dejara el pantano, alza imputable al juego económico habitual; el TLC recobró su sitio de acuerdo benéfico para unos pocos, allá y acá, mero accesorio de la interdependencia secular entre Estados Unidos y México, que ante la embestida mostró su vigor. Hoy el monstruo no asusta ni en Disneylandia, y los daños que puede perpetrar son similares a los provocados por otros presidentes, aunque Trump los sazone con dosis de ignorancia multimillonaria. Al esperpento se le comienzan a ver los cables y hace corto al moverse, es ridículo.

A Estados Unidos el mal rato le ha permitido constatar la solidez de sus instituciones, resisten andanadas de yerros y de mentiras. A nosotros, el jarabe amargo de Trump nos mostró que algo de institucionalidad queda y que lo que las mexicanas y los mexicanos somos y nuestro trabajo, aquí y allá, valen y son apreciados; aunque reconocerlo es apenas soltar un suspiro, luego nos toca volver, ineluctablemente, al punto en el que estábamos y estamos: con monstruo o sin monstruo el país parece írsenos por entre las manos, y el régimen y el sistema cada vez más se sienten como irremediables, son el engendro doméstico que incubamos y que no necesita contribución de otros semejantes para abismarnos.

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