Lo envuelvo o se lo lleva puesto

Un libro. La búsqueda es un libro. Que pongan en los anaqueles decenas de miles, que adornen su exhibición con las fotografías de autoras y de autores, que una sonrisa nos pregunte: ¿le puedo ayudar en algo?, mientras con la mirada contemplamos lomos atrayentes, y que en la vertiente dulce de la histeria colectiva que es la FIL nos inoculen el ansia por poseer muchos, sirve nomás para desorientarnos: en verdad sólo buscamos un libro.

¿Cuál?, es la pregunta que da sentido al enjambre que nos ofrecen y que, visto en sentido contrario, tiene una función: que cada libro pueda dar con su lector, con uno. Si dos ejemplares de Pureza, de Franzen, terminan en las manos de dos leyentes no implica que recibirán el mismo contenido, así estemos ciertos de que se adentrarán a un par de textos indiferenciables. Dos ejemplares del mismo libro, misma edición, idénticos, significan diversamente puestos ante distintos ojos, y más: en cada lectura. Los dos coincidirían en la siguiente cita de la novela de Franzen: "-Es bueno verte- dijo él. El amor hizo sentir este saludo como la declaración más destacadamente verdadera que jamás había hecho."; sin embargo, apenas la lean tomarán rumbos distintos: para uno, este pasaje anodino podría llevarlo a pensar en las expresiones rutinarias desgastadas por el uso; en cambio, con el énfasis que hace Franzen, meditaría el hipotético leedor, "Es bueno verte" recobra su significado: encontrarse con ciertas personas resulta bueno y reconocerlo es un acto de amor. El otro, o la otra, que pagó el libro unos segundos antes que el primero, podría desencantarse y exclamar: ¿qué es esto, una novela del Franzen que aprieta, hasta amoratarla, a la sociedad estadunidense o Corín Tellado revisitada?

Esta cualidad de los libros es ingrediente de su magia: uno es todos. Claro, esto se afirma cuando se han leído muchos; aunque, cuidado, muchos pueden ser diez, también doscientos, porque en la lectura la calidad con la que recorremos la palabra escrita equivale a cantidad, y esta calidad está dada, en buena parte, por la disposición de quien lee para descubrir los ecos que manan en cada página, los no intencionados por el escritor: reverberaciones de otros, destellos como jirones de lo ya dicho, de lo ya escrito, sin los que los libros no son sino pretenciosos artificios de un ego perdido que encuentran su más acabada manifestación en el género que se conoce según el oxímoron autoayuda. En el fuero interno del lector, y en el de quien escribe, se mezclan las voces de la sucesión de libros leídos, murmullos de sensaciones, argumentos y temas ya frecuentados que se diferencian en los modos y en los contextos; voces-historias-personajes que nos inmiscuyen en tiempos, lugares y situaciones (reales y fantásticos) que de otro modo no conoceríamos, no experimentaríamos. De Troya a Ítaca mortificados por un hato de molinos de viento, con escala para conocer el hielo; regreso (porque en lectura nunca vamos por primera vez a un sitio) al no-lugar sombrío en el que sucede nuestro padre, receloso de los tlayacanques sin los que la feria es oropel católico-mestizo, con la vista atenta al alto surtidor sauce de cristal de un sol petrificado bajo el cual Nicómaco y Amador atienden una clase de ética que nos interpela y que ya dura dos mil trescientos años. Un libro es todos los libros, es todas las vidas.

Libro mío no porque pagué por él, sino porque fue escrito para mí, porque fragmentos suyos me parece haberlos escrito yo, aunque no lo declaro, por ilegal y moralmente peligroso, pero los comento: al interpretarlos me apropio más de ellos. La FIL encanta con el libro en plural y seduce distrayendo, este año con foros políticos. Pero al fin, también al principio, para que nos apacigüemos, el asunto de fondo es simple: la prospección más rica en la Feria es para dar con el libro, con uno en el que saciaremos por un rato la espera por nosotros mismos y en el que cabrán los anteriores y los por venir.

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