Y sin embargo, se mueve

Es difícil imaginar las reacciones de otro, de otra, al ser violentado por un desconocido; sin embargo, por la ubicuidad y constancia de la violencia, cuando el turno nos llega ya sabemos que algunas sensaciones son comunes, comunicables: la súbita parálisis, sentirnos mínimos y humillados, como arrancados del grupo social: los violentos nos aíslan y nos individualizan brutalmente. Padecemos tantas versiones de la violencia (robos, asaltos, extorsión, asesinato, secuestro) que apurados por la urgencia de protegernos nuestra prioridad es desconfiar y atender nuestra seguridad, por lo que naturalmente ponemos en un plano distante la reflexión que le daría a cada suceso criminal el grado que le corresponde: brote en el tronco de la violencia germinal que tarde o temprano tendremos que nombrar para erradicarla: la que ejercen las instituciones de gobierno y los servidores y funcionarios públicos omisos y corruptos. La manera en auge de contar la historia roja de cada día, desde la centralidad del crimen, no desde el espacio político que lo propicia, pareciera intentar hacernos creer que las violencias rutinarias engendraron a la otra, la sistémica que tiene a la sociedad en un punto de quiebre, y fue justamente al revés.  

Pensemos en la comunidad indígena de Mezcala, en la ribera de Chapala. Hace catorce años a uno de esos violentos que saben medrar con la postración de las instituciones decidió que cierto predio en ese lugar podría ser suyo, El Pandillo, nomás era cosa de instalarse en él. Y lo hizo. Y armó gente para amedrentar y corrompió a algunos de los que siempre se acomiden. Desde la distancia, temporal y física, nuestra reacción podría ser: ¿cómo la comunidad dejó que eso pasara? Debió haberlo expulsado por la misma vía: la violenta. La gente de Mezcala no lo hizo, como no lo hubiera hecho nadie; ver a un individuo armado, dispuesto a matar, provoca efectos que no sospechamos desde la comodidad de la tribuna, y precisamente en este punto es en el que la violencia como la de ese invasor, Guillermo Moreno Ibarra, se multiplica por diez: además de apropiarse de un bien ajeno deja en la comunidad agredida una marca falsa de indignidad, de desprecio, de abandono que sirve a sus fines porque afirma agresivamente que ejerce su maldad porque puede, es decir porque ninguno se lo impedirá.

La comunidad indígena de Mezcala resistió como lo ha hecho por siglos, apeló a las leyes, a los tribunales, y terminó por darnos una lección. Con fecha 18 de septiembre de 2014, el Magistrado Supernumerario Unitario, Licenciado Enrique García Burgos, del Tribunal Unitario Agrario Distrito 15, resolvió: “Se condena a los demandados en el principal Crescenciano Santana Sánchez y Guillermo Moreno Ibarra, a la devolución material y jurídica de la superficie en conflicto y que se encuentra en su poder ubicada en el predio El Pandillo”.

Apenas se puede creer: la justicia por la vía institucional, aunque lenta, es probable. Pero, ¿el invasor y sus testaferros se quedarán cabizbajos y sumisos ante el veredicto? La sentencia es contundente, si no se cumple voluntariamente en quince días  “se procederá a la ejecución de tal fallo  de manera forzosa”. Aunque ya conocemos los meandros judiciales: ¿no salió a tu favor?, apela, ampárate, y en tanto goza del usufructo de lo mal habido y del desplante de poder. Mientras, los demás quedamos como al comienzo: porque la violencia es una posibilidad cotidiana no contenida por las instituciones, y a veces auspiciada por ellas, la sentencia del juez quizá no modifique la vida de Mezcala, a menos que el Poder Ejecutivo del estado decida darse una vuelta por allá para averiguar por qué uno puede tener guardias armados para impedir el libre tránsito, amedrentar y hacer que ciertas acusaciones falsas prosperen ante el Ministerio Público. Si atendemos a lo que sucede a la gente de Mezcala la ayudamos, y de paso iluminamos nuestro propio derrotero, el de una sociedad sitiada por los violentos.

 

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