Donaldo el iracundo, rey tonto

El presidente de Estados Unidos no se siente obligado a sustentar sus dichos, él es fuente de la verdad y pilar moral de su sociedad; dicho según el pensamiento del filósofo J. A. Jiménez: su palabra es la ley; así, con la ley en su lengua, Donald Trump hace cuentas de los miles de millones de dólares que a su país ha costado el TLC y de los cientos de miles de empleos perdidos por ese mismo acuerdo comercial, del que sólo nos hemos beneficiado los maquiavélicos mexicanos. Nada más natural que ponga condiciones al presidente Peña Nieto para que éste sea susceptible de verle peluquín en persona: “tratar a Estados Unidos en forma justa, con respeto”. Pero lo que le puede más al magnate al que los electores estadunidenses prestaron su país para jugar, es que los mexicanos les hayamos visto la cara con tanta facilidad, según él; como se afirma en la alta diplomacia, también entre dermatólogos con prestigio: está ardido.

Si un soberbio egocéntrico, incapaz de reconocerse igual o inferior a alguien, hace pública su humillación, no podemos sino columbrar que podría alguna razón tener, Trump no es de los que aceptan una debilidad. Por eso recordé aquella anécdota que contábamos para reírnos, o para soltar presión, hoy tal vez sea telón de fondo de la relación que sostenemos con una porción muy visible de Estados Unidos, la que escogió al mandatario de reality show:

Hace un tiempo, en la frontera, dos cazadores coincidieron, uno mexicano, el otro, dicho con cariño fraterno, gringo. Armados con su respectivo rifle y sin invadir suelo extranjero, vieron a un pato volar; como sincronizados por computadora, dispararon en el mismo segundo para desdicha de la malhadada ánade, que cayó muerta justo en la línea que distingue a los dos países. Al unísono los tiradores cogieron la parte del animal que tenían al alcance y comenzaron a jalar cada cual para su lado; uno reclamaba ser el autor del plomazo mortal, el otro también. Como a tirones no dirimirían la disputa y ambos eran inteligentes, cesaron el esfuerzo para arreglarse diplomáticamente. El mexicano propuso: mira, manito, hagamos una cosa, que el pato sea para el más valiente, ¿te parece?; su contraparte no sospechaba el plan, pero no se trataba de pasar por cobarde, así que repuso: “good idea, my friend”, qué sugerir; algo muy sencillo, reviró el connacional (palabra horrible, pero así va la historia), nos damos una patada en la espinilla y a quien le duela más pierde la presa, ¿te late?; el gringo calibró en silencio la complexión del oponente: sus canillitas apenas aptas para sostenerlo en pie y su estatura considerablemente menor, por lo que, emocionado, aceptó. Perfecto, carnal, ya estuvo, festejó el mexicano, comienzo yo, y sin más ni más propinó a su vecino una puntapié tan bien puesto y fuerte, que al sobrino del Tío Sam se le salieron las lágrimas, sus mofletes se colorearon de un rojo casi morado y hubo de resoplar por la nariz para no gritar, de milagro no se fracturó la tibia; luego de unos segundos pudo hablar: ser mi turno, ya saboreaba el patadón que daría cuando el mexicano lo detuvo con un gesto y dijo: mira, mi hermano, la verdad es que por un pato no vale la pena que discutamos, mejor quédatelo tú, sin bronca. 

En la vida real, luego de que el pato, es decir, la relación entre México y Estados Unidos, económica, social, política y cultural, está tan imbricada y es tan compleja, a escala conceptual y en vidas y territorios concretos, Donald Trump ruge: ¡me toca! Acusa un golpe no recibido, o sea, miente, pues históricamente lo mejor del pato que debíamos compartir se lo han quedado ellos. Pero el meollo está en cómo reaccionamos nosotros: como el cazador socarrón que se sale con la suya porque reconoce lo que en efecto ha obtenido, asimismo lo que el otro a su vez ha ganado, y pinta su raya; o como uno que con mansedumbre culposa intenta sobar al que se grita pateado. Por cierto, a Videgaray le vendría bien rasurarse; sí, es una metáfora.

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