Que no nos digan, que no nos cuenten

Uno de los “enemigos” públicos más conspicuos es Alonso Godoy Pelayo, su gestión al frente de la Auditoría Superior del Estado de Jalisco (ASEJ) erró completamente: como titular de un órgano técnico del Congreso su trabajo no proveyó evidencias contundentes respecto a la calidad del ejercicio del presupuesto de los tres poderes y de las instituciones satélite del gobierno, y no dejó sino el muy recorrido camino de la suposición: sospechamos que en el lapso en el que él ha sido responsable de la revisión de las cuentas públicas, doce años, no poco dinero se fugó a bolsillos particulares, y no evaluó el impacto social de los programas en los que gastamos; también falló porque implícitamente desempeñó el rol de caudillo, como los toreros clásicos al ver salir al burel imponente y peligroso, mortal, exclamó: dejarme solo, y solo quedó, las sucesivas Legislaturas a las que debió servir lo vieron, padecieron y por supuesto gozaron, a lo lejos, como si el quehacer del auditor fuera parte de un ente ajeno a la potestad de las y los diputados.

Su opacidad y su uso del poder para fines individuales volvieron de la más alta importancia el deshacernos de él; importancia objetiva, por el daño que Jalisco ha recibido, y simbólica porque defenestralo tiene ya el rango de anuncio de tiempos venturosos. Personas del común e instituciones, junto con la Comisión de Vigilancia del Congreso, realizaron foros para dibujar el perfil ideal de quien quisiera relevar a Godoy, también imaginaron una Auditoría Superior moderna, honesta, transparente, configurada para la rendición de cuentas; así iniciaron el proceso que llegó a la convocatoria, al examen de conocimientos e invitar a los inscritos a comparecer ante los legisladores. Fue un proceso arduo, apegado a la exigencia de participación ciudadana y al compromiso de echar luz a cada una de sus actividades. 25 hombres y seis mujeres se la jugaron: respondieron la prueba que los colocó en una de esas vitrinas que distorsionan, porque un examen dice poco de cualquiera; diez se sometieron al escrutinio de diputados y diputadas, y todos al de las notas periodísticas que no cesan. Cinco sortearon los requisitos, de entre ellos el Congreso deberá elegir al que el primer día de enero será el nuevo Auditor.

La vorágine de los acontecimientos, las características de los aspirantes y la prisa por borrar del organigrama de la ASEJ a Alonso Godoy nos tiene con un amago de decepción: el proceso no dio a luz a un superhombre, a un adalid de la ética, sin mácula partidista, a un genio de la técnica de la auditoría con personalidad fuerte para vérselas con sujetos poderosos a los que deberá revisar sus cuentas y muy probablemente acusar por su manejo del dinero del erario. En cambio, lo que el procedimiento prohijó fue un grupo de personas preparadas, con modos e intenciones diversas, unas más independientes que otras, algunas con antecedentes e intereses suficientes para descalificarlas; una suerte de anticlímax se cierne sobre el tema: ¿tanto para dejar a los diputados con la posibilidad de que ninguno de los propuestos motive el voto de 26 legisladores? ¿Únicamente les pusimos al alcance el pretexto, incluso legitimado, para prorrogar el modo Godoy de auditar?    

Estamos a tiempo de recordar que la Auditoría Superior es un súbdito del Congreso, de uno de los Poderes de Jalisco, por lo que no requerimos de un semidiós que nos rescate, lo que apremia es que, para favorecer a los jaliscienses, el potente sea el Congreso, a quien, de paso, debemos pedir explicaciones por el actuar de Godoy, no a una Legislatura en particular: al Congreso. Pensado así, no podemos admitir que la votación para elegir auditor termine con una encargada de despacho; por más que el proceso haya sido abierto, dialogado e incluyente, si ninguno es electo será un fracaso rotundo, de todos, de todas, pero más del Congreso, que habrá hecho otra de las que ya conocemos, de las que hemos sufrido legislatura tras legislatura. 

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