Un día como ayer

Escribir, como hacer bardas, soldar metales o arreglar coches, tiene sus complejidades, y también, como limpiar una casa, vender artículos de puerta en puerta o hacer pasteles, es una actividad susceptible de padecer las inclemencias del entorno. Por ejemplo, las inherentes al día del amor y la amistad. Es poco benigno para quien escribe salir a trabajar, como cualquier otra mañana, y ver automóviles y camionetas rellenos de globos multicolores, con papelitos pegados en la carrocería con la leyenda: te amo; y peor si también conspiran las radiodifusoras que para las noticias o para dedicar una canción, usan como eje el amor y la amistad, una emisión de alcance nacional hizo un reportaje sobre la vida sentimental, perdón por la hipérbole cortesía de San Valentín, meros amoríos de algunas y algunos políticos. Sentarse a escribir atosigado por la melcocha que se derrama libérrimamente el 14 de febrero tiene su impacto negativo, y su culmen llega cuando al abrir el navegador de internet aparece Google lleno de corazones palpitantes y falsos.

   No, pos ora sí, me digo aterido ante la página en blanco, está fácil entrarle al debate de los grandes problemas nacionales. Qué son la política, la construcción de ciudadanía, el clamor por una sociedad justa, segura y libre, ante el amor y la amistad que pueden demostrarse con unos chocolates, unas galletas o con una tarjeta del tipo: hoy recordé que te quiero (lo que implica que ayer lo olvidó y que mañana quién sabe). Lo bueno, me sigo de largo en la reflexión, es que ya rebasé el periodo en el que días como éste eran pretexto para fustigar al consumismo y la manipulación mediática, sólo para rematar con: el amor, la amistad, la madre, el padre, etc., no necesitan de un festejo programado, anual y con fines comerciales. ¿Qué pasaría si de repente la gente ganara en conciencia social, de ésa que ciertas corrientes ideológicas consideran ajena a lo que tenga que ver con el dinero, y dejara de consumir superfluidades? Seguramente una buena mayoría nos quedaríamos sin trabajo. Lo que, por supuesto, no debería ser pretexto para manipular a las masas; aunque para rescatarlas de las garras del imperialismo de las grandes corporaciones, o de China (que es una corporación socialista alimentada por una masa con muy pocos derechos), lo que necesitamos no es cancelar el consumo de bienes, sino elevar la calidad de la educación masiva.

Del marasmo, causado por el ambiente denso del amor oportunista y por la amistad como mero barniz, me rescata la imagen de un joven que va por la calle, sonriente lleva en la mano un caja pequeña rodeada por un listón blanco salpicado de motas rojas, supongo representan corazones. La escritura puede esperar. Recuerdo que es cumpleaños de un sobrino queridísimo que tuvo la mala suerte de nacer el 14 de febrero; la reciedumbre de su activismo social, los riesgos que ha corrido al enfrentarse al gobierno y que su perro se llame –españolizado, para evitar la ira del Cardenal- como el filósofo que apuntó en el obituario la muerte de Dios, desmienten la marca de su día de nacimiento. Le llamo y triunfa el acto reflejo: ¡feliz día del amor y la amistad! Ni modo, conseguí un sitio conspicuo en las filas amorfas del hatajo de alienados. Claro, colgó el teléfono, pero alcancé a escuchar que insultaba a sus padres por no haber tenido en cuenta el día en que lo traerían al mundo (debería agradecer que no lo bautizaron con el nombre Valentín, cosa de la que eran, y son, muy capaces).

Una salida muy a la mano, hoy, para pergeñar un artículo está en que también es aniversario de la fundación de la Perla. Salud, Guadalajara, que el destino un verdugo en cada gobierno te dio, o según una canción clásica del amor: mátame suavemente con tu gestión. Hay días en que todo atenta contra las obligaciones, aún hacia las gozosas, como escribir. Mejor veré si todavía puedo reservar en algún restaurante, el amor que no se demuestra en el gasto es pura demagogia.

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