Estado de la desunión

Qué pasaría si la mayoría dijera: está bien, tú eres nuestro gobernador y te vamos a apoyar. Colaboraremos con tu administración, pagaremos impuestos y nos haremos cargo del espacio público y de la convivencia que nos competen. Y lo haremos a partir de confiar en ti; desestimaremos las críticas maliciosas de tus rivales pero haremos nuestras las propuestas que puedan beneficiarnos, sin importar de quien vengan. Estaremos atentos a tus acciones y señalaremos con afán positivo lo que nos parezca deba ser atendido por ti. Te ofrecemos esto porque ya nos cansamos del ciclo: un año de esperanza seguido de cinco de fastidio, y a recomenzar, siempre con la certeza de que lo peor, el peor, están siempre por venir.

Terminemos con esta relación frustrante. Durante seis meses, prorrogables según tu comportamiento, confiaremos en ti estrictamente atenidos a tu desempeño; es decir, no respondas con algo como: pueblo de Jalisco, sabré corresponder a su entrega y disposición, durante mi gobierno… etc.; no, por favor, no digas nada, mediremos sólo tus actos, la consecuencia social del gasto público, el bienestar que tus obras traigan, la seguridad que sintamos, la educación que reciban nuestros hijos, la calidad de los servicios que debe proveernos el gobierno, la transferencia de una porción del dinero de todos para sacar a los pobres de su pobreza. No leerás, no escucharás que alguno diga: Todos son unos corruptos; nadie meneará la cabeza y alzará los hombros para exclamar: no tiene remedio, la política es una cochinada. 

Creeremos firmemente en que tú serás el punto de quiebre para la inercia que ha excavado una zanja, aparentemente insalvable, entre ustedes y nosotros. ¿Podrás imaginar lo que sería gobernar en esta circunstancia? De nuestro lado bien podemos soñar que ahora sí será diferente porque nos urge y estamos dispuestos a esta tregua unilateral, que podrá sostenerse si tú también ondeas una bandera blanca. Imaginemos juntos que al final de tu sexenio, que habrá resultado beneficiosamente paradigmático, quienes contendrán por sucederte no lo harán a partir de montarse en tus pifias y en las de tu equipo, tampoco en las promesas que dejaste truncas o en las que ni siquiera atendiste, no, las campañas de ese año electoral se construirán para ir a más, pero sobre todo para solidificar el capital social que hoy te ofrecemos reparar; entonces no triunfará quien mejor denueste al anterior, a ti, sino quien muestre un camino transparente en el que estemos incluidos para tejer la sociedad que anhelamos. ¿Qué pasaría si de repente la mayoría dijera: está bien, tú eres nuestro gobernador y te vamos a apoyar?

Un pacto así planteado luce sencillo de construir, cosa de unir voluntades, porque supone desentendernos de los intereses no explícitos, de la codicia que en el actual estado de cosas ha encontrado suelo propicio. Por supuesto, es mero ensueño en día de Informe: a estas alturas de la relación gobernantes-gobernados, los últimos preferimos pasar por recelosos, no por tontos, y los primeros… bueno, la vergüenza pasa, el dinero se queda en casa. Sin embargo, muy poco cambiarán las cosas, para bien, si el vicio de este ciclo no se quiebra, y la responsabilidad de quebrarlo recae primordialmente en quien gobierna. Para que los ciudadanos se relajen y no sientan que les toman el pelo -que cuando les dicen rojo tienen que sospechar que en realidad el color es café, o lila- deben experimentar al buen gobierno en su piel, en el día a día y sin la mediación de discursos llenos de clichés y referencias herméticas, porque una cosa es irrebatible: cualquier jalisciense es capaz de saber lo que es bueno para su vida, y si eso bueno no se le atraviesa cotidianamente y lo reconoce, de nada sirve la acumulación de cifras impresas a todo color o enunciar logros que nomás son tales para quien informa. ¿Qué pasaría si el gobierno, en lugar de hacer un recuento ritual de lo que se le ocurrió emprender el año anterior, nos preguntara cómo vamos?

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