Las cuentas de la vida

La frase “calidad de vida” se refiere en algunos contextos a la calidad de la sociedad y en otros casos a la felicidad de los ciudadanos. No existe demasiado consenso respecto al significado de estos términos; la tendencia es más bien divergente. (…) Las comunidades más detallistas suelen desarrollar sus propias nociones de calidad de vida.» La cita es de Ruut Veenhoven, estudioso del tema, muy reconocido. Jalisco Cómo Vamos (JCV) propuso, en 2012, para guiar sus indagaciones: “la calidad de vida se define como las condiciones, oportunidades y capacidades del individuo, así como las de su entorno, para llevar una vida satisfactoria y feliz”. En cuatro encuestas de JCV, de 2011 a 2014, nueve mil 600 tapatíos y tapatías han calificado su calidad de vida, en la escala del 0 al 100; la primera vez dijeron 74, luego 71, después 73 y 71; en un promedio simple de los cuatro años, la calidad de vida en Guadalajara alcanza 72; es decir, es el rango que tienen las condiciones, oportunidades y capacidades de las personas, y las de su ambiente, para gozar de una vida plena.

La investigación puntual en las bases de datos de JCV encuentra precisiones que los promedios velan; la calificación más baja, de 2011 a 2014, la dieron en Tlajomulco, 2012, 65, y la más alta en Guadalajara, 2013, 76. Si apretamos la tuerca y hurgamos por estrato socioeconómico, en Zapopan, 2014, las personas en el nivel alto afirmaron que su calidad de vida era de 77, en tanto que en el polo opuesto dijeron 62; si atendemos al género, cae 2.4 entre las mujeres, que luce poco, pero esta desigualdad resulta estadísticamente significativa. Usemos la definición: para quienes pasan penurias económicas y para las mujeres, son menores las oportunidades, las capacidades, y las de su contexto, para llevar una vida satisfactoria y feliz.

Pero al margen de los estudios hay una actriz, la realidad, que súbitamente evalúa, con hechos, el estado de cosas; esta semana la diva se exhibió vulgar y descarnada en un albergue para drogadictos, en Tonalá; su talante cínico se mostró aún en el nombre del tal centro: Despertar Espiritual. Ahí, hacinados, sucios, hambrientos, enfermos, violentados, sin libertad, había 271 hombres y mujeres, adultos y menores, que quisieron curarse de su mal. En 2014 JCV preguntó a las y los encuestados si en sus familias había alguien aquejado de adicción a las drogas, cinco por ciento de la muestra respondió que sí, y al hacer el cruce con la calidad de vida, resultó que ese grupo la tasó en 59, la merma contra el promedio metropolitano, 72, es de 13 puntos, y también estadísticamente significativa. La calidad de vida de quienes tienen un drogadicto entre la parentela es menor que la de los estratos socioeconómicos bajos. Cuando la pregunta fue sobre alcoholismo, diez fue el porcentaje que respondió “sí”, y su calidad de vida alcanzó 67.

Especulemos: la sanción social es severa con los drogadictos, más que con los alcohólicos; lo atestiguamos en el albergue Despertar Espiritual: la sociedad y las autoridades hacen a un lado a las y los toxicómanos, quedan a su suerte y a veces a merced de criminales que los tratan como residuos despreciables. Ante el empuje de cierta realidad, urge ser detallistas, y JCV tiene un tiempo en el trance de afinar su definición de calidad de vida, por ejemplo: las condiciones, oportunidades y capacidades del individuo para intervenir en su entorno, urbano e institucional, y para llevar, en comunidad, una vida satisfactoria y feliz. ¿Cuántos de los males ocurren asistidos por el individualismo feroz, cuánto espacio moral y físico cedemos a los delincuentes cuando nos negamos a la solidaridad? Por lo precario de la vida de no pocas personas, ¿cuánto de Guadalajara está en la categoría “albergue para adictos”?

(Gracias a JCV, en orden de aparición: Ester Soto, Ana Vicencio, Felipe Rodríguez, Francisco Núñez, Vicki Foss, quien revisó las cifras de este texto, Miguel Bazdresch, Pilar Gómez, Joaquín Peón Escalante).

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