Causas, efectos, hábitos

Un hecho conocido: las cosas no están bien; o para no asirnos de una ambigüedad: las cosas no se parecen a lo planeado, ni a nuestro anhelo. Pero el plural está también aquejado de indefinición, ¿cuáles cosas no están bien? Las obvias: la seguridad pública, la economía, la justicia, las condiciones del empleo, la calidad de la educación, la vivienda, la movilidad, el espacio público, ahora territorio de paso. Algo acotamos; no obstante, quién es el sujeto que percibe, el que vive que la seguridad, la economía, la igualdad, etc., no están bien; no es difícil ubicarlo, hay al menos uno como secuela de cada crimen, cada pobre opina así, todo desempleado y los desesperanzados concordarán; pero como solemos evaluar por contraste, queda implícito que para otros y otras las cosas sí están bien, y los datos para afirmarlo también son susceptibles de ser conocidos: el desempeño económico general del país; los millones que van a la escuela por el simple hecho de ser mexicanas y mexicanos; millones que acceden a servicios médicos, así sean medianos y malos (hace cien años era impensable una proporción similar); la red de carreteras, los puertos, las libertades y hasta la posibilidad de publicar un texto como éste desmienten, para unos, el catastrofismo con el que otros miramos la catástrofe. Rüdiger Safranski en ¿Cuánta globalización podemos soportar?, lo plantea así: "El todo actúa como una catástrofe natural de dimensiones globales y, sin embargo, ha sido hecho por los hombres aunque no lo hayan planificado. Los actores se limitan a proceder de manera técnica y calculada, con estrategias bien medidas para obtener los máximos beneficios posibles. Los procesos son racionales en lo particular e irracionales en el conjunto."

Surge un problema, aparentemente nuevo, y tratamos de remediarlo de inmediato, aparentemente. Lo más próximo para que la inmediatez se cumpla es el discurso y la legislación. Una crisis medioambiental reclama que las autoridades se pongan a cuadro en la televisión y anuncien normas más estrictas; las acciones son mera referencia legendaria de los tiempos en que los hombres y las mujeres habitaban una geografía aprehensible a sus sentidos, son inefectivas en este nuevo modo de ser ciudadanos en un planeta inasible, atendemos nuestra preocupación global, no los problemas. Merced a los medios de comunicación y a Internet, Pekín no parece tan lejano, está tan próximo como Jilotlán de los Dolores, pero es un espejismo, están a años luz de nuestras rutinas objetivas. Intercambiamos las acciones necesarias para resolver un problema por una reacción maquinal que no mira a las causas, sino al momento: que cada cual siga con su vida y que, en todo caso, haga los ajustes necesarios si las condiciones ajenas a su control cambiaron; es decir, nos adaptamos a lo problemático. ¿Y el problema? Como la Ciudad de México con su drama de la calidad del aire; no se remedió cuando era oportuno, sólo se buscó que las multitudes tuvieran suficientes vías para sus automóviles y que llevaran su vida como siempre, aunque supiéramos que esta premisa era falsa: nunca algo es como siempre, menos hoy.

O como en Guadalajara: brota una modalidad de transporte público a petición del usuario de una aplicación informática, y al querer ponernos al día nos valemos del automatismo descrito: pretendemos regular, con tal torpeza que no reparamos en que al trastocar el orden centenario, no necesariamente bueno, de algo que parecía trivial, sacudimos un sector que influye en el intercambio de poder político y económico, y el acto de legislar se torna inútil: un vestido rico y vistoso no cambia al cuerpo lleno de bubas y con deformidades que nadie está dispuesto a curar; al cabo, la rutina se encargará de normalizar los modos y las actitudes renovados y la contingencia volverá a presentarse, cruda y magnificada. Sí, como sugiere Safranski, la racionalidad de las particularidades no condice con la irracionalidad del todo, las cosas no están bien.

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