Cada quien su código

En el origen fue el territorio. Y el territorio era bueno; propicio para las plantas, para las montañas, los ríos y los lagos, para la sombra que dan las cosas y para tirarse sobre él a contemplar el universo; era bueno también para los animales. Y como las mujeres y los hombres vieron que el territorio era bueno, dispusieron de sus bondades, al cabo, fue su cálculo, asimismo debe ser generoso, y comenzaron a usar el agua, los frutos, el suelo, el aire y los árboles, y se cebaran con ellos y pudieron crecer y multiplicarse.

Luego los hombres y las mujeres vieron que con todo y la benevolencia de la tierra, que con todo y la seguridad que sentían al vivir todos juntos, algo faltaba, y cavilaron: necesitaban construir casas para sus cosas y caminos para unir sus casas; tener edificaciones y calles y plazas sería todavía más bueno que el suelo crudo que lastimaba sus pies. Por sobre el territorio montaron su idea objetiva de una vida superior, y lo que en el origen fue bueno dio paso a lo que llamaron ciudad y no se cansaron, mujeres y hombres, de decir que la ciudad era lo mejor que habían hecho. Olvidaron la tierra y sus complementos naturales, a pesar de que no podían prescindir de sus frutos.

Ya vueltos sociedad urbana emergieron las dificultades por haber moldeado al territorio según la humana medida que privilegia el tiempo y los apremios presentes; porque al contrario del encadenamiento de los elementos y de los ciclos de la naturaleza, los humanos no quisieron medir las relaciones causa-efecto ajenas a sus intereses económicos. La ciudad cobró vida como un ente aparte; luego de haber ganado ciertas dimensiones actuaba por su cuenta sin considerar a la naturaleza y a despecho de los anhelos de cada individuo y los del grupo social (aunque sin desmedro del lucro de los muy pocos de siempre). Era preciso recomenzar y en el nuevo origen lo primero fue el POTmet (Plan de Ordenamiento Territorial Metropolitano) y algunos dijeron que era bueno; los demás, la mayoría, no tuvieron tiempo de opinar pues su porfía era simple y única: buscar la sobrevivencia.

Y el POTmet regaló su palabra: que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles, a condición de anteponer la concordancia de metas y con estrategias territoriales para asegurar el desarrollo armónico. Sin embargo, de la sustancia humana era esperable la duda ante el portento: ¿y el territorio y sus bondades primigenias? El POTmet respondió: una ciudad sustentable será la suma de una multiplicidad de condicionantes que buscan mejorar la calidad de vida de los habitantes y la preservación de nuestros ecosistemas.

Algún memorioso recordó algunas palabras de Diane Davis, del templo de Harvard, en el ITESO, el 21 de abril de 2015 de la era pre-POTmet, con motivo de la “Resiliencia urbana en situaciones de violencia crónica”: trabajar en la escala pequeña; enfocarse más en el riesgo que en la resiliencia; entender las dimensiones espaciales de lo que hacemos.

Ensoberbecidos, los heresiarcas trataron de minar la divinidad del POTmet: ¿y el agua y la vida concreta de la gente y la urbe que avasalla más allá de su sitio físico, y el territorio? Los demiurgos sentenciaron: no pidáis a esta deidad lo que es competencia de otras. ¿Cuáles, preguntaron lo detractores? Los planes de la casi decena de liturgias locales que en la escala pequeña brillan por su largo impacto de alcance regional; sí, aceptaron los exégetas, los objetivos y el rosario de componentes estratégicos del POTmet: policéntrico, sustentabilidad ambiental, orden y consolidación, gestión integral y nuevos entornos urbanos sustentables (rueguen por nosotros), quedan en manos de los municipios; pero eso no importa, dicen los señores del culto nuevo, será obligatorio para ellos rezar cada día la oración que mana del libro sagrado: seré metrópoli a imagen y semejanza del POTmet. Que los detalles y el azar agarren confesados a la gente y al medio ambiente.

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