La centena y el recomienzo

Ahora que Octavio Paz estaría por cumplir cien años, el 31 de marzo, y que el país aprovecha la efeméride para honrarlo, alcanzó la categoría de materia que quien sea domina, porque, como decía Borges en casos así, es famoso porque es famoso.

Si una reunión languidece, si la congregación gozosa de mujeres y hombres más o menos enterados de la historia de México, de política, de poesía y al tanto de algunos ismos (capitalismo, liberalismo, comunismo) padece el síndrome de los silencios que se alargan y parecen aburrición, basta decir dos palabras para iniciar la bronca y animarla: Octavio Paz. Bueno, no es indispensable que sean cultos o sepan mucho de ciertos asuntos; ahora que Octavio Paz estaría por cumplir cien años, el 31 de marzo, y que el país aprovecha la efeméride para honrarlo, alcanzó la categoría de materia que quien sea domina, porque, como decía Borges en casos así, es famoso porque es famoso.

Vaya contraste, la primera edición de su poema insignia, Piedra de sol, fue de trescientos ejemplares… hoy, cualquiera sabe que amar es combatir, que el mundo cambia/ si dos se miran y se reconocen y que nunca la vida es nuestra, es de los otros. Vaya trance, la vida de Octavio Paz, su derrotero intelectual: el siglo XX tuvo en él a un habitante lúcido por una razón muy simple: se interesó por todos los siglos, por todas las culturas, y supo reconocer y dar cuenta de las venas comunes de ese organismo único que llamamos humanidad y que artificiosamente desmembramos.

Tomemos este pasaje de un artículo, del libro Tiempo nublado, 1983: «Los norteamericanos y los europeos tienen que aprender a oír el otro lenguaje, el lenguaje enterrado. El lenguaje de Jomeini es arcaico y, al mismo tiempo, es profundamente moderno: es el lenguaje de una resurrección. El aprendizaje de ese lenguaje significa redescubrir aquella sabiduría que han olvidado las democracias modernas pero que los griegos no olvidaron, salvo cuando, cansados, se olvidaron de sí mismos: la dimensión trágica del hombre. Las resurrecciones son terribles; si hoy lo ignoran los políticos y los gobernantes, los poetas lo han sabido siempre.» ¿Cuánto de lo que sucede en Venezuela, en Cuba, en Nicaragua, en Honduras, aquí mismo, ignoran nuestras democracias por desentenderse de ese «otro lenguaje»? El poeta alzó la voz, su instrumento privilegiado, hace treinta años, de «resurrecciones» está hoy poblado nuestro pasmo.

Justo es en este punto, Paz ensayista, en el que se violenta más la hipotética reunión; sacar a colación sus ideas es declarar la guerra y salen los adjetivos: traidor, pro-yanqui, amigo de Azcárraga y, el insulto del intelectual de ocasión que cree honrar a Monsiváis: Paz era neoliberal.

Mejor tomamos el norte de la poesía, sitio previamente pactado por los alegadores para ejercer la tregua: el Paz poeta goza de mayor consenso; sobre todo porque es poco leído, aunque muy citado. Lo paradójico es hablar de su poética y recurrir a sus ensayos, prosa que amaga con poesía. De signos en rotación, 1965: «Al imaginar al poema como una configuración de signos sobre un espacio animado no pienso en la página del libro: pienso en la Islas Azores vistas como un archipiélago de llamas una noche de 1938, en las tiendas negras de los nómadas en los valles de Afganistán, en los hongos de los paracaídas suspendidos sobre una ciudad dormida, en un diminuto cráter de hormigas rojas en un patio urbano, en la luna que se multiplica y se anula y desaparece y reaparece sobre el pecho chorreante de la India después del monzón.» Qué incómodo que Octavio Paz afirmara con preguntas, por eso con sus textos dialogamos y debatimos, nos enojan, pero siempre encantan, literalmente. Del ensayo citado más arriba: «¿es una quimera pensar en una sociedad que reconcilie al poema y al acto, que sea palabra viva y palabra vivida, creación de la comunidad y comunidad creadora?»

Paz anduvo mexicano por el mundo y miró a México como ciudadano del planeta. A veces, por él la distancia entre Mixcoac y los suburbios de Nueva Dehli es de centímetros, se comprueba en sus obras completas. Con él, cualquier coyuntura es menos agobiante: en su poesía están medidos el tiempo y la vida necesarios para ser plenamente humanos.

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