El otro censo

En 2010, 37 por ciento de la población de Jalisco estaba en pobreza, era pobre, huyamos de los eufemismos. En 2012 el porcentaje fue 39.8 por ciento; y en 2014 el Coneval contó menos: 35.4 por ciento. Todo mundo quiso saber cómo, el gobernador Aristóteles Sandoval no reveló el misterio, su gobierno hará un “análisis de fondo del estudio de Coneval para saber qué está impactando en beneficio de la población, para potenciarlo y poder tomar mejores decisiones.” No sabe qué, algo hizo bien. Respecto a 2012 bajó casi nueve puntos el porcentaje de pobres, aunque por el aumento de la población son más que en 2010, aquel año había 2’766,700 jaliscienses pasándosela mal, en 2014, 13 mil 500 extras. Y estas cifras no son las mejores, hay otras para presumirse, no olvidemos que aun en la pobreza hay clases, existe la pobreza extrema.

Antes de seguir con el empacho de guarismos, precisemos a qué se refiere Coneval cuando habla del tema, la caracterización está en el libro Metodología para la medición multidimensional de la pobreza en México (Coneval, 2009, p. 25): “La pobreza, en su acepción más amplia, está asociada a condiciones de vida que vulneran la dignidad de las personas, limitan sus derechos y libertades fundamentales, impiden la satisfacción de sus necesidades básicas e imposibilitan su plena integración social.” Después el texto hace una disección de la pobreza para efectos académicos, aunque por lo pronto el entrecomillado es accesible, podemos coincidir en lo que delinea sin intrincadas indagaciones conceptuales, que a veces son mero velo. Hagamos un énfasis: la pobreza es una condición que padecen seres humanos con nombre y apellido, y tiene causas conocidas y poco atendidas; no es únicamente categoría determinada en un cubículo universitario para encasillar a sujetos que son investigados.

Pues bien, releamos la cita del libro del Coneval y añadamos, a lo ahí descrito, el adjetivo “extrema”. Los datos dados a conocer el jueves respecto a la pobreza de esa índole muestran que disminuyó. En 2010, 5.3 por ciento sufrían en ese abismo último de la sociedad; en 2012, 5.8 por ciento y en 2014, 3.2 por ciento. De 392,400 personas en pobreza extrema hace cinco años, pasamos a 253,200 en 2014. 43.2 por ciento menos.

Coloquemos todo en su dimensión justa. Pocas veces se ha esperado tanto un reporte de Coneval, y se predecía un resultado negativo para el estado (lo fue para el país, y en este caso sí sabemos por qué). Así que, entre el gusto por constatar avances y que no se cumplieran los peores pronósticos, no pocos han celebrado. Y añadamos otros elementos para ajustar el tamaño y el impacto de lo relevado y su relación con los millones de seres concretos que no tienen una vida digna; parte de lo publicado el jueves son los “Mapas de la pobreza”, con todo y la reducción que resaltamos en Jalisco, el Consejo es contundente: la baja significativa sólo se dio en Durango y Nayarit, esto denota que aunque los números de Jalisco sean menores, y dado que se trata de muestras, no exhiben significancia estadística, dicho de otro modo: en el rubro “pobreza” seguimos casi igual. En cambio, la baja en la considerada extrema sí fue significativa.

Pero el meollo es no perder de vista que nos referimos a personas, mujeres, hombres y niños, con hambre, con trabajos precarios, o sin trabajo, y sin ejercer sus derechos (ojo con el dato de salud, refleja un progreso, no es tal: cuentan a los inscritos en algún servicio, como el Seguro Popular, no a quienes efectivamente son atendidos). Y entonces, ¿cuál es la cantidad de pobres que éticamente podemos aceptar? Sin duda muchos menos que los casi tres millones que el Coneval reportó para Jalisco, 35.4 por ciento de sus habitantes. Contengamos los festejos, a menos que a los optimistas los anime el personaje de la novela La canoa perdida, de Ramón Rubín, quien reflexiona: “Dios no pudo ser tan elementalmente falto de previsión ni tan desconsiderado con los ricos. Tuvo que originar pobres, porque eran indispensables para que pudieran existir los adinerados.”

 

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