Qué hay más allá del cerco

La sensación de confinamiento y las, ¿inevitables?, mediaciones como sucedáneos de la libertad. O puesto en la moneda que durante una semana es de uso corriente en Guadalajara: la distancia que hay entre las masas de libros que los comerciantes apilan frente a nuestra vista y aquellos otros que valdría la pena leer y que no están en las prioridades del gran mercado, mide el grado de confinamiento en el que estamos.

En las librerías de antes, las que pertenecían a personas expertas en los objetos y en los contenidos de estos, nuestro gusto por leer y el libro estaban enlazados por un rito: atender la sabiduría didáctica del mercader, la que a primera vista se mostraba en los estantes, selección cuidadosa, pero sobre todo probada, porque no vendían marcas editoriales sino la posibilidad del goce escondida en cada libro, y que después el mismo personaje hablara de lo que, por cosas de la aduana, del embarque, de la lejanía y de la censura, no podía ofrecer: libros portentosos de escritores nimbados por el misterio de apenas haber oído, por ahí, su nombre. El capítulo VI de **Don Quijote de la Mancha es modelo estupendo del mecanismo de hablar de libros y ofrendarlos a la codicia de quien escucha, desde la experiencia que sólo da el conocerlos entrañablemente: el barbero, el cura y la sobrina de Alonso Quijano, de la novela de Cervantes, al limpiar la casa del mal que la lectura produjo en su dueño, dan razón de cada libro, hablan del asunto del que tratan, de la historia que narran y cómo se une a otras, de la enseñanza que pueden causar o de la locura que acecha si uno se entrega a ellos inadvertido, inocente: "según he oído decir, este libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen déste; y así, me parece que, como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos, sin excusa alguna, condenar al fuego." "Este libro, señor compadre, tiene autoridad por dos cosas: la una, porque él por sí es muy bueno, y la otra, porque es fama que le compuso un discreto rey de Portugal. Todas las aventuras del castillo de Miraguarda son bonísimas y de grande artificio, las razones cortesanas y claras, que guardan y miran el decoro del que habla, con mucha propiedad y entendimiento."

Hoy, los libros masificados que algunos expenden son escritos para buscar editorial de renombre, ésta los publica siempre y cuando le garanticen una cantidad de compradores que a su vez son estimulados más provechosamente si al entrar a una librería de las que están en boga, o a la FIL, se dan de bruces con pilas de ellos rodeadas por fotografías enormes de sus autores, que de preferencia deben ser famosos porque son famosos (según fórmula de Borges). Y entonces, el confinamiento; como estar cercados por bardas que en vez de ladrillos tienen libros que simulan la libertad de elección con el expediente de no permitir ver más allá: lo importante no es qué leas y que eso que leas te lleve a preguntar, a dudar de aquello que sabes, de lo que lees, lo central es leer lo que hay en las pilas de libros: una moda, un estándar para incorporarte a una comunidad cuyos miembros pueden decir: ya lo leí, no dejes de pertenecer, ¿el libro es bueno, es malo?, es lo que hay.

El reto es desertar del confinamiento; huir como sin ver a los monstruos que consumen editoriales pequeñas, los monstruos dueños de las letras de las celebridades que además de salir en la tele, escriben, pero no para servir al lenguaje, a una idea que dialogue con otras o al impulso íntimo e incontenible por crear una realidad que permanezca y que a un tiempo sea constantemente distinta, según quien lea. Cruzar por entre las librerías que privilegian las comisiones que dan los monstruos que amontonan libros y llegar al sitio sosegado en el que algunos ejemplares nos esperan en manos de libreros que mercadean libros que dejan la certeza de que fueron escritos sólo para nosotros, leer es practicar la mejor de las soledades.

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