Tiempo de celadas

Se trata de que nadie muera por la voluntad de alguien más. Que no muera así la gente del común, que no sean asesinados los servidores públicos, tampoco los policías y ni siquiera los criminales. Se trata de que nadie muera por la voluntad de alguien más. Este es el credo de toda sociedad civilizada, lo que incluye que la misma comunidad renuncie a quitar la vida a quienes atentan contra sus principios básicos: no matar, no secuestrar, no violar, no ejercer el tráfico de personas.

Se trata de crear un ambiente propicio para que cada persona realice actos heroicos todos los días, unos que quizá allende la frontera no sean sino rutina, pero que aquí, hoy, tienen el carácter de extraordinarios: acatamiento de las reglas de la convivencia y de las leyes, no tirar basura en la calle, renunciar a la agresión como argumento en el diálogo, involucrarse en los asuntos de la comunidad cercana, digamos en las juntas vecinales y en las asociaciones de padres familia. Llenar de héroes a Jalisco, unas y unos que obtengan ese estatus no merced a actos luctuosos, sino por su contribución a la mejora de la calidad de vida de sus conciudadanos.

Se trata de que los gobernantes no supongan que su rol en la sociedad es el más relevante y supediten al resto a su voluntad y a la limitación de sus saberes. Gobernantes que sepan que su hacer es apenas uno más en un sistema complejo en el que cada una de las partes es imprescindible, con todo y que a ellos les corresponde modular la calidad de las relaciones, propiciar la igualdad y tener la visión del panorama entero, pero no para erigirse con preminencia o para anular la pluralidad y la diversidad, sino para que nadie esté encima o debajo de ninguna persona. Que no olviden que su papel no lo obtuvieron porque poseen cualidades morales especiales o una inteligencia más aguda, no, gobiernan por decisión del grupo social y porque algunos deben cumplir esa función, por los demás y con los demás.

Se trata de respetarnos, de romper el ciclo perverso de culpar a los otros por el estado de cosas, de reconocer sin censura cómo estamos y de honrar la verdad y a quienes piensan diferente. El 27 de noviembre del año pasado el Presidente de la República anunció medidas (que no aplicó) para distraer la atención sobre el caso de los estudiantes desparecidos de Ayotzinapa; una de ellas era crear policías estatales únicas, modelo que primero pondría en marcha en las entidades que necesitaban, según él, intervención urgente: Michoacán, Guerrero, Tamaulipas y Jalisco. Esta lista cayó muy mal aquí, nos equiparaba con estados que a ojo de buen cubero, en términos de seguridad, lucían mucho peor que el nuestro, el que arrebata cuando pierde, por eso el fiscal Luis Carlos Nájera, presto declaró que Jalisco no estaba igual y que en todo caso su inclusión en esa fase inicial anunciada por el Presidente era más bien un reconocimiento para lo que la gestión de Aristóteles Sandoval había logrado en la materia. Cuatro meses después la cosa cambió de polo: en una sola acción, criminales muy organizados mataron a 15 policías estatales. Ahora el Fiscal deja entrever, parece queja, parece excusa, la falta de apoyo del gobierno federal.

Los ciudadanos podemos marchar para decirle a los policías que estamos con ellos y con los deudos de sus compañeros masacrados, y lo estamos. Los gobernantes deben dar rápido con los homicidas y con los autores intelectuales, brindar seguridad, concreta y percibida, a los ciudadanos y asegurarse de que cuando a los y las policías les dan la orden de ir en convoy, todos están preparados para todo, porque gobernar se trata de conocer la realidad entera.

A los ciudadanos les va bien indignarse si validos de ese sentimiento presionan a la autoridad y se solidarizan con las víctimas. En los gobernantes la indignación es mera cortesía, lo que interesa de ellos es que ante la tragedia actúen con eficaz contundencia y que informen oportuna y adecuadamente. De eso se trata.

 

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