Reforman los gestos

Cuando decimos país nos referimos a una multitud de ideas y de sentimientos, de sueños y rencores, que reflejan el desapego de los conceptos nación y patria de la realidad de las personas y de las pequeñas comunidades que aquellas forman. Este no coincidir de las nociones con las tribulaciones y los goces de la vida de cada cual tiene efectos; por ejemplo, la atomización de esfuerzos, la pérdida de voluntad por las construcciones sociales que únicamente son posibles si cada individuo reconoce que sus actos o su indolencia inciden en la vida de los otros, para bueno y para malo. Lo que no implica que hayamos perdido absolutamente el deseo por ser comunitarios; es claro que no dejemos de pensar en la unidad nacional, en la historia compartida, o en que nos enlazan la lengua y ciertas maneras de la espiritualidad; nuestra tendencia es buscar un punto común que por lo pronto y para nuestra desgracia está representado sólo por el discurso: si oímos lo de siempre y eso que oímos lo vaciamos de contenido para quedarnos con el gesto que nos identifica, nos sentimos en ese espacio común, reconfortante, no por lo que nos provee objetivamente, sino porque nutre la creencia de que aún es posible la idea de futuro que nos inocularon y que siempre, por una tara u otra, se aleja para que no dejemos de perseguirla.

Las aspiraciones sociales que el discurso imperante concentra podemos resumirlas en tres palabras: justicia, democracia, sustentabilidad.  A partir de estos postulados nos ha sido posible construir las narraciones periodísticas, históricas, políticas y académicas que nos hacen pasar como una cultura específica que detenta una nacionalidad, o más bien: un nacionalismo, con todo y sus particularidades, ésas por las que, al menos en el discurso, daríamos la vida. Esto nos ha llevado a un lento y constante diluir de la frontera entre lo que sucede en la vida diaria y lo que nos decimos en narraciones ampulosas, hueras y escrupulosamente adaptables (con décadas de práctica conseguimos no únicamente que todo y todos quepan en lo que nos contamos, sino que desde cualquier franja del espectro político puede ser usado como propio y original, de la derecha, de la izquierda, del centro, de los religiosos y los laicos). El discurso que nos atraviesa y nos constituye es tan eficaz que ya no necesita adentrarse en los matices; si la economía, la educación, la diversidad, la cultura, la seguridad, la ley y la naturaleza necesitan revisarse, atenderse desde ángulos plurales, algunos de ellos opuestos, a nuestro discursear le tiene sin cuidado: lo central es decir, si la pobreza, la inequidad y la devastación medioambiental crecen y nos dañan a contrapelo del país que desde las más altas tribunas de la nación vamos construyendo, ni modo, ya aprendimos que son problemas que los sermones de la siguiente campaña electoral, la de quien sea, remediarán de manera expedita con algunos eslóganes ingeniosos repetidos hasta el asco.

Alguien sabe bien todo esto: el presidente Peña Nieto con su equipo, es decir, con el Congreso de la Unión y sus réplicas a escala en cada entidad de la república de cuento que habitamos. Todos ellos y ellas nos dicen: refundemos al país, al cabo es nomás cosa de reformar la Constitución y las leyes que la acompañan. Nos puso en evidencia un cineasta, Alfonso Cuarón (es decir, ahora correspondió a un cineasta, nunca han faltado poetas, novelistas, filósofos y escritores que lo han hecho), que con diez preguntas metidas en una botella y lanzadas al mar de discursos rompió el ritmo de la edificación del Estado de fantasía; no porque sus cuestiones sean intrincadísimas, sino porque preguntó pública y notoriamente por cosas que si de veras estuviéramos en una república con división y equilibrios de poder, muchos antes que él debieron haber planteado, igual de interesados en el México real. Para nuestra fortuna, nunca falta quien señale que el rey va desnudo… sólo que ahora también van en cueros la corte y los súbditos.

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