Puros cuentos

Había una vez un reino regido por un séquito que hacía lo que le venía en gana, aunque eso sí, en un marco democrático muy publicitado y por supuesto peculiar. Los miembros de ese séquito eran nobles según ellos y ganaban esa condición, no la heredaban (a pesar de que esto también podía suceder). Para ser parte del séquito, un noble, había que ceñirse a un perfil predeterminado e inscribirse en cualquiera de los credos internos, los llamaban partidos. El perfil incluía que debían parecer servidores públicos pero ser abyectos a la hora de actuar; tenían que ser disciplinados hasta el servilismo con su noble de referencia, es decir, con quien los inducía al séquito (una vez ahí no era raro que traicionaran); era obligatorio memorizar los clichés que tenían el don de transustanciar, momentáneamente y sólo en la retórica, al reino en república; era importante ser capaz de fingir sensibilidad hacia los deseos de los gobernados y transformarlos, a los deseos, no a los gobernados, en clichés frescos para los discursos de siempre. En los anales de ese reino hay registros de algunas muecas que su corte hizo en los últimos tiempos, cuando los súbditos tuvieron el impulso por participar en las decisiones de gobierno y exigieron que el componente ciudadano (variante lingüística para designar en aquella demarcación a los súbditos) fuera incluido en temas como el electoral, los derechos humanos o la transparencia en el uso del dinero del erario, los nobles aceptaron que así fuera, pero su beneplácito, para atenerse a la tradición, fue gestual.

Todo iba bien hasta que un día los súbditos discurrieron que era tiempo de que cualquiera, así, cualquiera, pudiera ser candidato a la presidencia de manera independiente sin pasar por la aduana de los partidos. El séquito le dio largas a esta pretensión. Algunos súbditos osados trataron de meterse a la contienda electoral con ardides exóticos como apelar a los derechos de los individuos o aludieron a la potestad de instancias extranjeras (vaya escándalo, no únicamente en el séquito, entre muchos de los ciudadanos ya incapaces de imaginar una sociedad otra), pero la nobleza no iba a dejar que nadie tomara un atajo para alzarse con el poder, ni soñar con que ese nadie evadiera las abyecciones y el servilismo obligatorios.

Pero como era costumbre, no se trataba de desechar la petición de los ciudadanos, había que incorporarla al sistema sin violentar el estatus quo y para dejar constancia de la apertura del séquito hacia la voluntad popular. Hubo foros, debates, se midió la presión a la opinión pública y dieron el primer paso: incluyeron en la ley originaria del reino el derecho para que los súbditos, sin necesidad de los partidos, pudieran solicitar registro como candidatos.

Al asunto ya legislado le siguió un lapso de ésos en los que el séquito era experto, lo mínimos para que los ciudadanos festejaran lo que creían una conquista. El paso siguiente, las normas particulares, pondría a cada quien en su sitio. Y así fue: cualquiera podía ser candidato presidencial sin los partidos, sólo necesitaba que uno de cada cien de los inscritos en el padrón electoral le diera su firma (esto equivalía a 750 mil ciudadanos) y el plazo marcado para cubrir la formalidad fue de cuatro meses. Había que recabar seis mil 250 firmas diarias y sus comprobantes. El mensaje fue devastador, las candidaturas independientes eran imposibles mientras que la condición para fundar un partido nuevo era obtener un tercio de las que se pedían a los independientes. Los detalles de lo que sucedió con el reino se perdieron, los rapsodas huyeron despavoridos, no quedó uno para continuar los relatos. Sabemos que el séquito se enfrascó en un furor legislativo, llegó a tasar con impuestos la lectura de documentos electrónicos, y luego se consumió, eran muchos y el dinero poco. Los súbditos terminaron por crear comunidades autónomas y el único nacionalismo que aceptaban era el que se usaba para disfrutar del futbol.

 

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