Puerto de los silencios

Una nota de nostalgia se atreve ante cosas que en el pasado proceso electoral mutaron o, así como así, languidecieron:

El voto duro, el del PRI, también el del PAN; quizá se diluyó en otros menjunjes más espesos o se plegó ante la triunfante abstención o su legendaria dureza se reblandeció y fue a dar, escurrimiento por goteo, a otros partidos.

Las encuestas. Antes servían para saber lo que ciertos individuos, en determinado momento, pensaba sobre algún asunto, a partir de lo cual otras personas formaban su opinión respecto al clima general en el que el tema en cuestión se insertaba. Luego se volvieron bolas de cristal, residuos de café, líneas de la mano social en las que algunos veían el futuro con tal claridad que conseguían que los demás aceptaran sus vaticinios como si su índole fuera científica; llegada la fecha del negocio sometido al escrutinio de los sondeos, a nadie le parecían graves las diferencias entre el resultado y lo predicho, bastaba una aproximación. Ahora las encuestas son parte de los artículos de campaña, como las gorras, las calcomanías y las tortas: las hay para beneplácito del color que pague. Hasta la vista, Encuestas, nos saludan a sus primas: Probabilidad y Estadística, que terminaron con el rigor mancillado.

Los spots de televisión y de radio. Quedó en evidencia que los spots no sirven sino como señal para saber cuándo debe uno cambiar de estación; no hay evidencias de que sean estimulantes para votar en favor del candidato incluido en el promocional, y en cambio sí demuestran, todos, que la creatividad es un bien escaso entre los publicistas de la política.

Los medios de comunicación que, sin avisar a sus lectores-radioescuchas-televidentes, optaron por un bando, disfrazados de buscadores de la verdad, de la justicia y la democracia; se dieron de bruces con un ambiente social más hostil y crítico que los empujó a la cornisa previa al precipicio, casi nadie les creyó, no movieron sino a los interesados.

Soltar, dejar ir sin decir adiós, mirar lo que permanece, correr al margen de lo ridículo las tribulaciones falsas del inútil trance electoral:

Pasa una camioneta que reparte pan hecho industrialmente, el chofer tiene prisa, el motor brama empeñado en lo que parece su penúltimo esfuerzo. Al alejarse, reaparecen los ruidos habituales, el trinar simple de pájaros sin mayor gracia que el gris de su plumaje, un auto, muchos, pero de uno en uno, que marca su momento, lo oímos sin escucharlo; un claxon y después, lapsos de afonía que duran un segundo, o dos, son un remanso dulce y terso al que arriba quien pone atención. Sí, la sensibilidad al ruido está más impresionable; civilización es imponer el fragor a contrapunto de la paz y la tranquilidad. Se antoja salir a la banqueta y hacer: ¡shhhh! Enmudezcamos cinco minutos; apaguemos los motores, desconectemos las alarmas, los teléfonos y esa sierra que a la distancia expulsa su chirrido depredador, rastro de la mutilación de otro árbol, como sólo aquí. Dejemos que el silencio nos ciña cinco minutos, homenaje mínimo a la cesación de las estruendosas y estériles empresas partidistas. Cinco minutos para una calladez que deje sitio a las ondas sonoras del caminar de la gente y a las del aire en agitación, cuando aún no le alcanza para ser viento. Qué alivio el mutismo de la, dizque, democracia electoral. ¿Por qué ningún candidato propuso el silencio como objetivo de gobierno? Nos urge estar con nosotros mismos, sosiegos, para reconocernos, para volver a saber que nadie va a proveernos la calidad de vida que queremos, y menos la inmensa mayoría de quienes la prometieron vueltos el magnavoz estridente que son ciertos políticos en busca de poder.

El silencio, ¿quién lo podrá suministrar, y quién la forma de vida que anhelamos? Primero, nosotros mismos; hacer el gesto, unánime, de poner el índice sobre los labios y decir: shhh, shhh, y entonces recomenzar: “la tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo”.

 

agustino20@hotmail.com