Prohibido tirar escombro

Los gobiernos locales calibran su desempeño a partir de la experiencia superficial, percibida y comunicable, de los ciudadanos y de los agentes de poder, los deslumbra el presente, desestiman el pasado y el futuro es una muletilla para cuando la experiencia del aquí y del ahora resulta insatisfactoria. Desde el pragmatismo que les es tan caro a los políticos, parece lógico: la huella de su paso por la administración pública, obras tangibles o lo que las personas opinen sobre su gestión, es la posibilidad de mantenerse vigentes, así que pedir que el gobierno de la ciudad se haga cargo de la historia y de la ciudad ideal que anhelan sus gobernados, ésa que se edifica de a poco, a veces imperceptiblemente, les parece impráctico. Por suerte ese modo inmediatista no define la vida en una metrópoli como Guadalajara, la gente y la ciudad se las ingenian para tender lazos hacia lo que fueron y rumbo a lo que desean, así el presente es continuo trato entre la vida, lo pretérito y lo buscado, no mero agotamiento de afanes que al otro día serán los mismos, aunque los presidentes municipales se las ingenien para hacerlos aparecer como nuevos, cada vez.

La justa dimensión temporal de las ciudades son sus edificios y sus casas, la mejora incesante de sus servicios, los recovecos de ciertas calles, la disposición del comercio en algún lugar, la comida, el talante de sus habitantes y los mercados y las librerías y las galerías y los museos y las plazas. Los edificios antiguos y las casonas abandonados son un maltrecho túnel del tiempo: dejan de ser evidencia del pasado, en cambio, con el cascajo en el que se desgranan, con sus techos sumidos y con su olor a orín, afaman el presente: olvido e incuria constantes. Al visitar "el cultural" o "el baratillo", dos tianguis representativos, es común encontrar girones de la historia: libros, fotografías, decoración de tiempos idos, el modo de mercar y la relación entre parroquianos y entre estos y los vendedores, todo en ellos sugiere que Guadalajara es mucho más (como asentamiento humano, como historia, como continente de sueños, de amores, de frustraciones y de comunidades) que lo que insinúa la limitada y limitante visión de sus multicolores administradores.

Mirar al pasado y unirlo al presente exige paciencia para dar con el detalle; una ventana, el remate decó en un edificio que le riñe espacio a dos acumulaciones de vidrio que ostentan su vulgaridad, o un libro que un tianguero urgido por sacar lo del día puso en el suelo junto a ediciones olvidables de Selecciones del Reader's Digest, digamos Síntesis de los Informes de los CC. Presidentes Municipales de Jalisco Correspondientes a 1951, Guadalajara, Jal. 1952. Lo editó el gobierno del estado, no tiene página legal pero el dato lo ofrece la Presentación. Aquí una de las seis acciones reportadas por Tlajomulco: "En el poblado de San Lucas Evangelista se formó un comité Pro-Agua potable." El punto, de doce, con el que finaliza su informe, Guadalajara anuncia: "En general el Ayuntamiento mantuvo normalmente los servicios públicos y ejecutó obras de reparación y acondicionamiento en todos los mercados, jardines y edificios de propiedad Municipal, siendo satisfactorio informar que el activo y pasivo de nuestra hacienda pública se encuentra (sic) debidamente nivelados."

El presente inmóvil o variaciones de lo mismo. ¿Qué necesitan el Centro y la ciudad? Pensarse y vivirse según los condicionamientos de los vendedores ambulantes, de la obra del tren ligero, de los comerciantes establecidos, de los desarrolladores y atenidos a la buena o mala voluntad de quien rija; o pensarse y vivirse en el vaivén dulce que va del pasado que se exhibe adusto y seguro, no decaído y estorboso, al presente actuante y común, dialogante, que así propone un porvenir. El Centro de Guadalajara puede propiciar cohesión, ojalá sea alrededor de una idea de ciudad incluyente, no alrededor del tradicional proyecto político para atender, sin resolver, lo inmediato.

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