Plumajes, a cruzar el pantano

Los políticos profesionales que reniegan del tajo neto que suele hacerse entre ellos y los ciudadanos alegan que ellos también son ciudadanos. Por supuesto, según la Constitución no hay otra categoría para quien nació o eligió ser mexicano, tampoco ramificaciones. Lo que los políticos tienden a olvidar, o prefieren no mencionar, es que la división entre unos y otros se hizo por razones profilácticas: quienes no participan de la política entendida como la actividad de quienes están en un puesto público pagados por el erario, estiman urgente distinguirse para que no los confundan con quienes tienen en su contra las peores señas de identidad: egoístas, corruptos, ávidos de poder, desinteresados de los problemas sociales, capaces de mentir y de prometer sin la intención de cumplir. A pesar de que las generalizaciones son injustas y de la certeza de que son muchas y muchos quienes entre los políticos actúan con honestidad y persiguen el beneficio de la mayoría, el daño para los de su estirpe es mayúsculo.

Pero la división es espuria. La política la hacemos todos (por omisión o por comisión) y en ese tenor, todos somos políticos. Un ejemplo de acción política: el espacio público lo edificamos o lo degradamos en coro. No obstante, hay  evidencias, centenarias, de que los ciudadanos responsables de administrar, de gobernar, han faltado consuetudinariamente al encargo que les damos, y existen pruebas de que un porcentaje de ellos, los de primer nivel, los conspicuos, multiplica rápido e inexplicablemente su riqueza personal sin importar que la economía del país pase por crisis profundas. Claro que para esto sea así se requieren cómplices; unos, no políticos, que por su propio beneficio condesciendan con los modos perversos de la administración pública; otros, gente común y corriente, que ante el desencuentro con los políticos optan por no participar y se dedican a lo suyo, lo que implica, por mencionar algo, no pagar impuestos o desentenderse de las necesidades y afanes de la comuna. Lo que al cabo instaura, sin que seamos conscientes, una política: a cambio de no comprometernos con los demás, dejamos que los políticos hagan lo que quieran, nos hacemos parte de la tradición, perpetuamos el ciclo y acentuamos la falla: la frontera entre ellos y nosotros ya no es una línea tenue, conceptual, sino un espacio concreto cada día más grande: ahí, para donde ciudadanos y políticos no volteamos porque cada bando siente que es territorio del otro, suceden la violencia, la pobreza y la injusticia, ahí, aquí, la impunidad y la indefensión son la norma.

El miércoles pasado el PRI celebró sus 86 años. En un acto muy en familia, militantes del tricolor en Jalisco cantaron sus loas. Rocío Corona Nakamura fue una de las oradoras y, según documentó La Jornada, en un pasaje de su discurso dijo: “Nunca hemos sido un partido de promesas. Somos un partido de resultados. Hacemos leyes, pero también levantamos hospitales, escuelas y construimos carreteras.” Con la emoción de la efeméride, la militante del PRI adjudicó para su organización el trabajo del resto de la república. Por encima de gobiernos, trabajadores, empresarios, emigrantes, campesinos, mujeres y hombres, el partido, el suyo, es condición sine qua non para que México exista y progrese (pronto dirán que el dinero para hacer todo lo que dicen que han hecho también lo pusieron ellos). Es una desmesura que pinta muy bien el estado de cosas.

Quizá es tarde, pero toca a los ciudadanos decir: nosotros también somos políticos, y parafrasear a aquel priista que dios confunda: queremos hacer política, más política, mucha política, pero otra: una que sume, que construya en democracia, que dialogue y sirva para perseguir la igualdad más amplia, que se valga de los recursos de todos de manera eficaz e incluyente. Pero una política así no va a suceder si no anulamos la zanja entre ellos y nosotros, que es espuria, sí, pero actuante, ha beneficiado a pocos, y a los criminales.

 

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