Pásele a su pesadilla

Hace muchos años, o tal vez apenas ayer, el tiempo corre o se estanca según quien lo mire, en un lugar muy remoto, aunque quizá fuera aquí mismo, no importa, si el paisaje es Brasil la historia no pierde nada y si creemos que se parece a México, ya está dicho: no importa. El caso es que había una vez una sociedad celestialmente ordenada; pocos y pocas arriba, en un paraíso de los no metafísicos, sin problemas económicos, rodeados de sus elegidos y depositados en sus manos el gobierno, el capital, las leyes, la moral y, en los últimos tiempos, la productividad, así llamaban a la riqueza creada por la sociedad, la medían en dólares y sólo los de arriba dictaminaban si aquélla era productiva o no, y lo hacían tan bien, que si determinaban que no lo era, la inmensa mayoría no podía aspirar a tener más dinero y se resignaba: cuando la productividad sea, oraban, llegará la bonanza; algunos repelaban, estérilmente: si la productividad es baja, ¿por qué los de arriba no cesan de engordar sus carteras?

El arreglo celestial imponía que hubiera un abajo, el medio para la masa abismada en dos quehaceres: sobrevivir y ser parte de las estadísticas. Se lee terrible, era peor: ya en lo mero último de los últimos tiempos, los de abajo eran señalados por el clima de violencia que germinaba arriba, pero los de allá se desentendían del origen para nomás mirar los efectos: morían abajo pero lo grave era que los de arriba se sintieran, qué horror, inseguros. Pero no todo estaba polarizado, las y los de abajo ganaron un estatus que los volvió amables para los de arriba: fueron consumidores, era un contento verlos y verlas comprar lo que no podían pagar.

Pero ninguna historia es digna de narrarse si sólo cuenta el estado de cosas, el atractivo brota cuando alguien quiebra lo fijo, y hubo una de abajo que guerreó y después se coló hasta arriba, bueno, no tanto, pero eso creyó ella y los de abajo soñaron: la justicia nos cubrirá con su manto, la hicieron presidenta y seguidamente los diputados y los senadores la defenestraron porque su automóvil, el de ella, dio una vuelta prohibida, o algo similar, es lo de menos. De su experiencia queda un fragmento: “luego de unos años de sentirme poderosa, un día entré al palacio de gobierno y no lo percibí igual; el mármol, los guardias, los muebles eran los mismos pero… yo no me sentía la que horas antes fui; me detuve a la mitad de un salón, miré alrededor esperando que las cosas me reconocieran, los soldados se mantuvieron impertérritos, no descifré si en verdad estaban ahí o era yo la difuminada y este pensamiento me llevó a otro, acuciante: me empecinaba en ver el entorno según las características que a priori yo le atribuía, ¿y si lo que miraba fuera otra cosa? Cerré los ojos, perdí el balance, los abrí, no vi nada, una revelación suplantó mis sentidos: supe que estaba metida en un monstruo, en sus entrañas, viscosidades me llegaban al pecho, el olor era nauseabundo y las tripas rugían amenazantes; quise salir, por supuesto hacia arriba, me impulsé con voluntad y me alcé unos centímetros, la sonoridad de las vísceras se tornó risa y la revelación se volvió memoria: yo pedí meterme a donde ahora estaba, sonriente llegué a las puertas de lo que consideré el poder, eran las fauces del monstruo, supuse que me alzaba con un premio mayúsculo, recompensa por mi lucha, y me deslicé por el cogote del engendro al que, me avergüenza reconocerlo, estuve segura de cambiar. Miro a lo alto, presiento que sus miasmas infectas se harán cargo de mí, bajo los ojos, no podré volver por donde entré, el monstruo no lo permitirá, el trecho más corto para huir de él pasa por el recto. Queda el consuelo abajeño de no haber hecho algo malo, también la certeza de que las reglas del esperpento son de él y nomás él las aplica; pidan por mí, será como pedir por ustedes…”. Así termina la narración, los de abajo la leyeron transidos; desde dentro, imposible redimir al monstruo y por fuera no será fácil, aunque profiláctico.

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