En París no, por favor

Para Alejandro Ochoa y sus Escuincles

Pijiuún-pijiuún es la onomatopeya que de niños usábamos para pretender que nuestras pistolas de juguete disparaban. Pijiuún-pijiuún por la calle, en las recámaras, esquivando el trinchador con la vajilla para las visitas, al saltar y deshacer obstáculos mortales y mullidos que fuera de la realidad del juego eran viles camas con sus almohadas. Pijiuún-pijiiuún de los revólveres que blandíamos los pueriles policías y ladrones que solíamos alternar el rol, era futurista eso de un día ser el guardián de la ley y al otro malhechor, nomás nuestra ética era estricta: no podíamos ser ambos al mismo tiempo. La cosa se ponía a todo dar cuando los vecinos se sumaban a la balacera: pijiuún-pijiuún sonaba el coro estridente de balas virtuales y ensalivadas que nomás lograban herir, en los tímpanos y en la paciencia, a las mamás y a las hermanas, daños colaterales de la eterna batalla entre el mal y el bien.

     Pijiuún-pijiuún se oyó por todo el mundo la semana pasada cuando la fe en cierta idea de libertad de expresión armó a su ejército de poderosos para repeler el eco que dejó el traqueteo espantoso, inimaginable, de armas automáticas de las que sí matan y que hicieron lo suyo en los caricaturistas del semanario Charlie Hebdo. Pijiuún-pijiuún de los adjetivos que cupieran en el campo semántico de horror, de tragedia; de los gobernantes contra los fanáticos que debió dejarlos ateridos, a los fanáticos, viles criminales: que si atentaron contra lo civilizado, que si aterrorizan para imponer un orden islámico al sacrosanto Occidente. En París, los mandatarios más conspicuos asumieron como suya la emisión de los valores supremos e hicieron sonar sus armas: pijiuún-pijiuún silbaron las balas que ya mero no alcanzan para describir el calibre hiperbólico de su ira, de su indignación, de su… ¿qué? Las fingidas pistolas de quienes suelen fingir su compromiso con las causas sociales (hoy la libertad de expresión) sonaron pijiuún-pijiuún con signos gastados y palabras en vías de variar a la baja su significado.

    Mientras, en Siria, en Afganistán, en Palestina, en Guerrero, en Tamaulipas, en París, en los guetos de las urbes de Latinoamérica, en África, en ciudades de Estados Unidos, la onomatopeya es bang-bang; la voz del armamento que según su manufactura asesina igual en inglés, en ruso, en hebreo, sin importar la nacionalidad de quien jale el gatillo ni sus motivaciones. El concepto reducido al mínimo: bang. La dialéctica en su síntesis más acabada: bang y bang. Todos estamos expuestos a quedar en el lado equivocado del debate en este tramo de la historia del mundo: frente al cañón del arma que nos toque en suerte cualquier día, bang: el monismo de los filósofos de la ojiva en cuerpo ajeno gana terreno.

     Muchos de los gobernantes que marcharon en París suelen usar los dos proyectiles: pijiuún-pijiuún en sus países, para solazarse entre los bien-pensantes y emplear con corrección sus valores; bang-bang allá lejos, en donde hay gente que no les atañe porque no se civiliza e ignora lo que es política y económicamente debido. A la Canciller Merkel le preocupa la creciente islamofobia en Alemania, pero se fue a Francia a tirotear con el pijiuún-pijiuún sin medir las consecuencias de su gesto; está claro, lo estaba antes de la masacre, dos asesinos no ponen en vilo a la libertad de expresión en Francia. El gobierno mexicano alcanzó lo imposible: esterilizar más su pijiuún-pijiuún, en las condolencias que mandó la SRE al pueblo de Francia omitió mencionar a la mancillada libertad de expresión, quizá para que los deudos de los periodistas muertos acá no fueran a aprovechar la coyuntura.

    Nunca olvidaré la tarde en que pijiuún-pijiuún me sonó ridículo por primera vez. Fue mi adiós a las armas y evidencia de madurez (la que nunca terminó por concretarse). Qué buenas épocas aquellas cuando al menos era fácil discernir en qué bando estaba cada cual, y lo de bang-bang era remoto y ocasional.

 

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