"Obligados" a lo imposible

Mañana los ciudadanos griegos, también las ciudadanas, votarán en un referéndum al que convocó el primer ministro Alexis Tsipras, para que manifiesten su disposición a aceptar, o no, los requisitos de sus acreedores, el Banco Central Europeo, la Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacional, conocidos como la troika, para renegociar su deuda, que asciende a 300 mil millones de euros, lo que equivale a 180 por ciento del producto interno bruto anual de Grecia.

Llegó la hora de la verdad, si su respuesta mayoritaria es no, su futuro es incierto, y si responden sí, también. Estamos ante una prueba más para el modelo económico que cada vez con mayor frecuencia impone, en distintos sitios del mundo, sus horas de la verdad, para que al final, la única verdad sea que no pasa nada, pues las formas de la relación económica que el mundo privilegia encuentran siempre los caminos para mantenerse vigentes. Como fue luego de la crisis de 2008 y 2009, la más severa, según los expertos, que el mundo ha experimentado.

Para los griegos el escenario se compone de un solo elemento: incertidumbre gris. Si dicen no, equivaldría a afirmar: no tenemos dinero, no queremos hacer sacrificios y háganle como quieran, postura que llevará implícita su salida del grupo euro y entonces, qué seguiría: ¿volver a su moneda, que no puedan importar bienes, que su principal fuente de recursos, el turismo, se desestabilice mientras echan a andar una nueva contabilidad asediados por los acreedores, la quiebra de su sistema financiero y miseria en el corto plazo? En cambio, si dicen sí pierden capacidad de maniobra, su producción y su mercado interno, también el externo, por supuesto, y la dignidad, estarían regulados desde afuera, pagarían más impuestos, bajaría el salario mínimo, perderían programas sociales, despedirían a una masa de burócratas y los dividendos del trabajo de todos se irían a algo muy familiar para los mexicanos: el servicio de la deuda. Para ponerlo según una referencia histórica que resulta una buena analogía: serán los peones de la hacienda, endeudados con la tienda de raya por varias generaciones, salvo que les daría limosna, insumos, para que sigan cultivando, es un decir, con el fin de mantener sano el ya citado servicio de la deuda. O sea, drama de canción ranchera: si te vas me mato, y si no también.

El asunto es complejo. Unos prestaron a otro que no podía pagar, y este último pedía sólo para mantener el flujo de efectivo, y entre más hondo era el hoyo, fue sospechosamente menos visible para quienes giraban cheques a un gobierno que únicamente se preocupaba por el sistema bancario, el dinero que circulaba no estaba soportado por la producción, ni por las reservas, ni por el oro, sino por el poder de la firma de quién acordaba los empréstitos y de quien creía hacer una gran negocio merced a un país necesitado. Pero el sistema tiene su plan B: prestamistas y pedigüeños saben que siempre hay un aval al que nadie informa: la gente, (como en México, con el Fobaproa) ésa a la que según la tradición sólo hay que pedir: toca apretarse el cinturón. Hoy, quien gobierna en Grecia decidió variar el esquema y preguntará mañana a los accionistas mayoritarios, el pueblo, su opinión al respecto.

El referéndum no traerá una solución mágica y expedita, pero aportará legitimidad a la negociación que tendrá que darse; porque el tema de la deuda de Grecia, la de cualquiera en este modelo económico que regulan y disfrutan unos pocos, es que no es responsabilidad sólo del que debe: unos tenían mucho dinero ocioso para invertir en una fiesta y obtener ganancias, otros vieron propicio el momento y la oportunidad de hacer una pachanga con dinero barato y a la mano; el resto fue cosa de invitar a los demás: hay fiesta, pásenle. Lo malo es que, de repente, quienes la financiaron y quienes la organizaron calcularon que lo mejor era cobrar a los invitados por lo que ya habían comido y bebido, nomás que estos no estaban preparados y no traían dinero.

 

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