Nostalgia por la paz

El Instituto para la Economía y la Paz recién dio a conocer su Índice de Paz México 2013, con datos objetivos midió el nivel de la paz en el país, como parte de una iniciativa conocida a escala mundial, el Índice Global de Paz, en el que México ocupa, entre 162 naciones, el lugar 138, somos “menos pacíficos” que, por ejemplo, Irán, Turquía, Venezuela y Bolivia. El Índice aporta las notas al pie de página al texto de miedo con el que nos ataviamos todos los días, deja ver que la percepción de inseguridad que gana terreno no es sólo efecto de nuestros traicioneros nervios.          

Quienes crearon este índice miran a la paz desde dos vertientes: la “paz negativa”, o sea la “ausencia de violencia o miedo a la violencia” y la “paz positiva”, que consiste en “actitudes, estructuras e instituciones fortalecidas”. Algunos de los indicadores de la primera son tasa de homicidio, delitos con violencia y con arma de fuego, crímenes de delincuencia organizada, eficiencia del sistema judicial. Y para la paz positiva miden gobernanza, distribución equitativa de recursos, entorno empresarial, corrupción, derechos humanos, etc.

Jalisco ocupa el lugar 17 de 32 y de acuerdo al Índice tenemos focos de alarma en los rubros delitos con violencia y delitos cometidos con arma de fuego. El estudio a escala nacional demuestra que, p. 27, “tanto la tasa de encarcelamiento como la tasa de financiamiento de las fuerzas policiales per cápita tienen poca o ninguna relación con la paz.” Y en el componente económico, la investigación revela que el impacto económico de la violencia fue, en 2012, equivalente a 27 por ciento del PIB nacional, en tanto que en Jalisco el costo de la contención de aquella, en el mismo año, fue de 25 mil millones de pesos y su huella económica fue de 132 mil millones (uno de los factores que inciden en la magnitud de esta cifra, para dar una referencia, es el gasto que las empresas y los individuos hacen para sentirse seguros).

Con todo y que estos datos convocan al desánimo y a preguntar sobre la calidad de las estrategias puestas en juego para dotarnos de seguridad, el documento lleva a otras consideraciones: estos tiempos, aciagos para la paz, nos ponen en la condición de invidentes. Pensemos en la paz como el más querible y dulce de los colores, digamos el verde. Ahora imaginemos que tratamos de hacer que alguien que no lo ha visto lo pueda entender; al verde tal cual o a la multitud de verdes en el campo, al verde que sentimos bajo nuestros pies al pisar la yerba, al verde apretujado y oscuro de las copas de los árboles en un macizo forestal, al verde súbito que surge cuando salimos de la ciudad, ése que además de un color es símbolo de la libertad posible, absortos en ese verde no es difícil modificar el ritmo según el cual transcurre el tiempo en las urbes, verde rural que nos recuerda, cada que los respiramos, algo inefable que fue nuestro y que, sin saberlo, no cesamos de buscar.

Y así, al darle tanto lustre al verde, ¿podremos los invidentes apropiarnos del color, no sólo de su decodificación con palabras? Difícilmente. Al verde lo vemos y luego lo sentimos y luego lo expresamos. A la paz hoy la definimos, y aunque de repente cesara toda violencia, nuestros hijos tardarían mucho en llegar a sentirla y en apropiarse de ella como el estado ideal para ser y estar, uno que no conocen. Gran mérito del Índice de Paz México 2013: descompone el espectro de la violencia y nos dice lo que la paz nos aportará, objetivamente, si la perseguimos con denuedo, si ahuyentamos el miedo. La paz que tiene también en lo subjetivo de cada individuo una tasación equiparable con el precio que el Índice pone en pesos y centavos: el valor de la paz que aquilatamos aun en las cosas cotidianas triviales, como caminar por la calle. Qué pena que por lo pronto la paz sea, para quienes no la han experimentado, una referencia no una praxis. Qué pena que una generación, cuando menos, no vaya a saber del verde sino vía la intercesión libresca.


agustino20@gmail.com