Naturaleza muerta con gente de fondo

Junto al ventanal que da al sur, en la oficina, hay una mesa y sobre ella un florero de cristal transparente con una planta cuyo tallo está sumergido en agua, sin tierra, no se supone que eche flores. Con el paso de las semanas al tallo le brotaron filamentos muy finos que no han cesado de crecer, hoy parecen un manojo de hilos marrones. La planta conserva su verdor, luce altiva, como si tras el cristal sancionara el pasar de la gente y de los autos. Es una imagen casi invariable: el agua quieta, lo único que hace, de a poco, es perder nivel, hay que reponer el líquido de cuando en cuando; el vegetal inmóvil, de hojas gruesas, ovales, tallo sólido y nudoso, y el florero en lo suyo, constante, mímesis del aire; se complementan líquido, vidrio y ser vivo, atenido cada cual a sus particularidades, que sólo son tales ante la vista del ajeno que las mira sin observarlas.

Arrastrados por la inercia, por la displicencia mental, lo que nos rodea termina por ganar la calidad de inmutable, de cercano y ajeno a un tiempo porque desaparece de nuestro horizonte una vez que la rutina le echa encima un manto de transparencia, la novedad se gasta instantes después de que las ideas preconcebidas toman el control. Preconcepciones que la tradición y la cultura nos entregan sin pedir permiso, de las que echamos mano, y mezclamos a nuestro antojo, para no entrar en los detalles de aquello que, suponemos, permanece o se repite. Preconcepciones científicas, una planta es una planta, el vidrio sílice inerte, el agua molécula química; estéticas, el conjunto es atractivo por convención social y le adjudicamos méritos impostados para justificarlo: contribuye a la armonía, aporta equilibrio al espacio; o morales, los objetos con los que ataviamos nuestros hábitat dan cuenta de quienes somos, al menos de aquél que representado por cosas queremos sacar a relucir ante los demás.

Una tarde, viendo hacia el sitio que ocupan la planta y sus continentes, sin mirarlos, minuto de alejamiento de los estímulos sensoriales, puesto en la nada, o en el todo, cuando de pronto un movimiento apenas perceptible: por encima de los estambres-raíces, a través del agua subía una larva pequeñita que se ondulaba vehemente, llegó al borde de la superficie y luego bajó. Después otra ejecutó la misma suerte, y entonces otra y otra. El reposo de los elementos era aparente, una floreciente multitud se afanaba; comunidad cuyos miembros se elevaban y descendían, se contoneaban y, seguramente, estaban en el trance de ser productivos, atenidos a una organización y a unas reglas que ignoramos, apropiados del espacio líquido, su cosmos finito. El tiempo quizá lo miden en las agitaciones minúsculas que para ellas han de ser sus asuntos. Los coches desaforados por la calle, el sol agresivo de abril, la gente en su trajín y todos los prejuicios con los que son observadas y descritas, les tienen sin cuidado, aunque las larvas no tienen uso de razón según epistemológicas consideraciones y no se trata de humanizarlas, es nomás que resulta atractiva la tentación de conferir un para qué a su incansable dinámica: nadie, pensamos, ni los minúsculos gusanos, se esfuerza tanto sólo por un impulso biológico o peor, por un misterio inextricable por irracional.

El racionalismo vuelve difícil aceptar que algo escape a que le otorguemos un sentido, es arduo sospechar que nuestro conocimiento es limitado e inhibe la posibilidad de entender lo que quede fuera del marco de referencia al que estamos constreñidos por los prejuicios académica, política, ética, socialmente aceptados. ¿Cuánta vida, cuántas maneras de organizarse los vivos no comprendemos por estar cómodamente instalados en la inercia de lo que nos dicen, de lo que ha sido? Tal vez las respuestas a las perplejidades que hoy nos ensombrecen se acumularán en el momento que renunciemos a la pereza que solemos bautizar como saberes probados. Quizá la vida buena no esté en otra parte sino aquí mismo, donde no sabemos mirar, o pensar.

 

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