Modos del verbo votar

Todo tiempo pasado fue mejor. El futuro es el lugar imaginario en el que estaremos sin los problemas del presente, sin su efecto mortificante. En el futuro nos idealizamos libres de penas, de deudas y de responsabilidades impuestas. Pero si esto es así, qué actitud tomaremos en ese porvenir ante lo que hoy nos desazona, lo que en esos días será pasado y que, según el axioma, deberemos considerar como mejor, porque aquel momento que hoy llamamos futuro, por el mero transcurrir del tiempo habrá ganado la condición de presente. 

En realidad no hay dilema. Si volviéramos a lo pretérito, si por un conjuro o por los designios de la física cuántica y la velocidad de la luz pudiéramos hacer actual lo que ya estaba atrás, padeceríamos otra vez las aristas agudas que el correr de los años nos hizo olvidar. La historia con la que individualmente vamos al antes no la escriben los vencedores, la versión de los vencidos es eso, una versión, y al final, según García Márquez, “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”, a lo que corresponde añadir: el futuro no será como lo soñamos sino como el presente aborrecido, no porque lo que pasamos día a día sea malo absolutamente, sino porque para ejercer como seres humanos ponemos en práctica la facultad de proponer escenarios satisfactorios, soportados en lo bueno residual que es la memoria de lo que fue y cercanos a la utopía consustancial a nuestra cultura: el edén, que no se extinguió, es nomás que perdimos la capacidad para estar en él; nuestra misión, la consigna vital de cada presente es recuperar esa capacidad y perder el miedo a ser expulsados, y recurrimos a la creatividad, recreamos el pasado y prefiguramos el futuro, con una constante: en esas invenciones nos ponemos en el centro, purificados y felices, amos de lo que fue, de lo que será y en fuga perenne de lo que es, de aquello que mientras sucede sólo nos incluye marginalmente.

Hace unos días, Jacqueline Peschard tituló su artículo en El Universal “Las encuestas fallaron”, se refería a las que hicieron antes de las recientes elecciones en la Gran Bretaña. En MILENIO, Carlos Tello Díaz también tocó el tema en su columna y citó un texto de The Guardian: “Puede ser que la gente le mintió a los encuestadores”, y para rematar, Tello escribió: “En México, las encuestas coinciden en el orden que aparecen los partidos en la preferencias de los mexicanos: a la cabeza va el PRI, luego el PAN, después el PRD, seguidos por Morena y el Verde más o menos empatados. No sabemos si así van a quedar el día de las elecciones, aunque es lo más probable.” ¿A qué preferencias se refiere, a cuáles mexicanos? Porque en Jalisco, en el área metropolitana de Guadalajara, el orden de las siglas de los partidos es siempre mudable y uno que es fuerte en el DF, acá es apenas algo. O sea, los electores británicos declaran un sentido para su voto a los encuestadores y ante la boleta cambian, y los mexicanos, si nos atenemos a los análisis que surgen de esa entelequia llamada “prensa nacional”, estamos atravesados por un determinismo ineluctable, para mayor gloria de las matemáticas.

Ocurre que los expertos no se hacen la pregunta esencial: ¿qué representan las elecciones para los ciudadanos, para su vida? Responder esto precisará el objeto de estudio de las encuestas que ahora parten de supuestos extemporáneos y meramente académicos. La democracia electoral en México no ha creado las coordenadas para navegar por un pasado memorable (Fox y el PAN anularon la épica de la elección del año 2000), tampoco para hacerse parte del futuro (¿alguien cree que su bienestar pende de las elecciones?) y en el presente, por el hartazgo, por el dispendio, ya luce como la rebaba que la memoria muy pronto desechará. ¿Sirven las encuestas? Sí, para significar un ahora estéril para la predicción de candidaturas triunfantes. La estadística que miramos hoy nos dice algo de ayer, de los gestos de unos que no éramos los demás.

 

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