Modernidad o incompetencia

El equipo del presidente y él mismo no tienen lo que se necesita para gobernar un país. La anterior no es una afirmación política con ecos partidistas, es conclusión lógica luego de que el Congreso modificó la Constitución a propuesta de Enrique Peña Nieto, para permitir que dueños de capital privado se hagan cargo de administrar y usufructuar lo que el gobierno, el actual y todos los pasados hasta el de Ávila Camacho, no pudieron: hacer que Pemex fuera eficiente. Empresa grande, compleja, con vicios, pero nomás eso: una empresa.

Dejemos de lado consideraciones nacionalistas: unos que no usarán el dinero para atender las ingentes necesidades de millones de mexicanos pobres, o para que la energía nos cueste menos, se quedarán con una buena parte de la renta del petróleo nomás porque el presidente y su equipo, con bombo y platillo, a escala internacional, reconocieron, al grado de inscribirlo en la Carta Magna, que son incompetentes para administrar con probidad un negocio. Incompetentes y serviles: le darán tajada de las utilidades de Petróleos Mexicanos a otros, pero antes quitaron a esos otros la monserga de tener que lidiar con los líderes sindicales corruptos, a los que históricamente nadie quiso enfrentar cuando los dividendos que por ahí se fugaban nos hacían falta, y los socios, también conocidos como los mexicanos, tuvimos que apechugar porque, bueno, así es, así era la política. Líderes sindicales igual de incompetentes y serviles que ni pío dijeron cuando, como parte de la reforma, los sacaron del órgano de gobierno de Pemex para meterlos en el vertedero de los autoproclamados inútiles, que ya rebosaba de secretarios de Estado, diputados, senadores y titulares de partidos políticos. 

Ni hablar de que Peña Nieto pueda hacerse cargo de México. A menos que la desmesura, que estos días está en boga, anime a algún acomedido a decir que es más fácil gobernar al país que enderezar el rumbo de una empresa. A menos que esa misma desmesura lleve a otros a proponer que los problemas que enfrenta el Estado mexicano se reducirán drásticamente al desembarazarse, el gobierno, de una porción de la renta petrolera, y que la pobreza, el crimen, la injusticia, la mala educación y la corrupción serán cosa de los libros de historia gracias al dinero que donaremos a las trasnacionales, que harán con los hidrocarburos y con la electricidad lo que nosotros no pudimos. A menos que haya alguien que sugiera que era imposible, con nuestros medios, hacer de Pemex una empresa correctamente manejada… el caso es que lo hubo: el Presidente de la República, primer desmesurado de la nación, que además invirtió cientos de millones de pesos en promocionales para hacernos saber que su gobierno no tiene capacidad para hacerse cargo de lo que Pemex requería para ser productiva y honesta, y pretende que por inferencia lógica aceptemos que para lo demás, gobernarnos, sí está preparado.

El fárrago anterior puede dejar un mensaje romo: no solo la incompetencia del Poder Ejecutivo federal fue puesta en evidencia con la reforma energética, también se desprende de ella el tan conocido aroma del beneficio codicioso para algunos políticos y sus asociados de siempre: incompetencia + ganas de hacerse ricos = a saqueo de bienes públicos; ¿qué obtenemos nosotros?, decenas de discursos patrioteros y fotos de Peña Nieto mirando a un horizonte inasible, heroico y absolutamente personal. La reforma energética es una claudicación mayúscula: ni los posgrados en el extranjero de las mujeres y los hombres que nos gobiernan, ni los institutos de investigación de las universidades, ni la gruñona y soberbia iniciativa privada del país tuvieron una solución práctica y propia para administrar una empresa nacional. Los cambios constitucionales que aprobaron los senadores y diputados son la puesta al día de una frase célebre que en el siglo XIX nos dejó una cicatriz terrible: si tuviéramos parque, ustedes no estarían aquí…

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