Mal diagnóstico, mal doctor

Los clásicos del penar humano aseguran que hay de dolores a dolores y no necesitan dar ejemplos, quien los escucha, en silencio da con las vivencias personales que lo llevan a multiplicar el aserto que tiene la calidad de axioma: hay de dolores a dolores. Invocamos al dolor y de inmediato nos volvemos un catálogo, todos tenemos al alcance de la piel, de los músculos, de las entrañas y de los huesos, uno como el que nadie ha experimentado jamás, y todos, tres o cuatro veces en la vida, sufrimos el que supera a cualquier otro: uno que hace lo suyo en el alma y en el corazón, que no se puede explicar y no es compartible, se padece en soledad aunque estemos rodeados; transportados por ese dolor espeso e íntimo quedamos abandonados en medio de un océano en donde el dolor por espasmos amenaza con ahogarnos.

¿Cómo se imaginará el Presidente el dolor de las familias de los estudiantes de Ayotzinapa? Fue a Guerrero y con la cartera del dinero público y con su aplomo de hombre que sabe lo que es el penar ajeno, pidió a sus oyentes que pusieran su capacidad y compromiso “para que vayamos hacia adelante y podamos superar este momento de dolor”. Unos ponen los desaparecidos y los muertos, otros capacidad y compromiso, él pone el optimismo y la visión de futuro (el suyo) y el resto deja de organizar sus marchas y de usar el surtido rico de redes sociales para expresarle rechazo. Su mensaje es: ya no nos duele porque vamos a dar un paso adelante. La estrategia luce primitiva, quizá habría funcionado hacia la primera mitad del siglo pasado.

Lo suyo debería ser dar con las causas de ese dolor, esto sí está en su ámbito de responsabilidad, le toca atenderlas, está obligado por ley, como lo está a rendirnos cuentas. Y por otro lado, aparte, por muy Presidente que sea debe atenerse a las normas de convivencia de la sociedad y respetar los sentimientos de las personas, especialmente los de las familias de los muertos y los desaparecidos; cómo se atreve a hacer un llamado público a superar el dolor cuando su gobierno fue omiso, aún no da respuestas y no hace justicia más allá de los peones de siempre, por eso la esperanza de hallar con vida a los estudiantes es perfectamente legítima, sin embargo, no es una esperanza luminosa, es apenas el madero que flota precariamente luego del naufragio, y duele. 

La gente pobre de este país, todos los días va hacia adelante con sus dolores a cuestas; así produce, así migra al norte para llenar las arcas nacionales con los dólares que con dolor gana; así la usa el crimen organizado y así ha soportado por décadas las campañas políticas en las que por el dolor del hambre parece absorta al escuchar candidatos para los que no es sino decoración, gente de fondo. Si el Presidente supiera que la torta que millones de niños mexicanos traen bajo el brazo es dolor, se habría ahorrado su arenga en Coyuca de Benítez, en Acapulco, bastaría con que él y su gabinete se pusieran a trabajar, bastaría con que fuera respetuoso, de los individuos y de las libertades, y que dejara que la elocuencia corriera por cuenta de sus hechos, al cabo representa al poder que hace, al que supuestamente ejecuta.

Hay de dolores a dolores. Los que aquejan a Peña Nieto, por más que lo hayan encanecido, por más que haya renunciado a su gran y blanca casa, aunque no sea el más apreciado de los gobernantes, no son nada, y en todo caso: se los ha auto infligido. Creyó que el único país viable era el que él y sus socios imaginaban, el que diseñaron junto con el Congreso y con algunos medios de comunicación. Hoy se asombra de haberse topado con el México al que no consideró en sus planes, al que su indolencia le propició un dolor más, pero uno nuevo y social que hace lo suyo en el alma y en el corazón y es compartible y se padece en solidaridad y no postra, enoja. Encadenada por ese pesar denso y comunitario, la sociedad, océano de dolor encrespado vuelto protesta, rodea al gobierno-isla que alza sus diques y necesita un salvavidas.

 

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