Listos, cámara, acción

A dos de las puntas del iceberg, Pedro y Ana, y al iceberg entero

 

Una de vaqueros, dirigida por Clint Eastwood, Los imperdonables. La trama es simple: dos empleados del rancho-feudo que nunca falta, agreden a una prostituta, le marcan la cara con una navaja; la jefa de las sexoservidoras ofrece una recompensa a quien mate a los maleantes. El entero drama se desarrolla en la parte baja de la tabla moral: el sheriff es muy malo, las agraviadas comercian con su cuerpo en la cantina-lupanar, cuyo dueño es un desalmado, el buscado matón en su juventud asesinaba también mujeres y niños, y para acentuar la negrura del paisaje, el pueblo se llama Big Whiskey. Dos personajes tensan la acción: Little Bill (Gene Hackman), el sheriff, y Will Munny (Clint Eastwood), cabecilla natural de los cazarrecompensas que quieren cobrar el premio. El final es previsible, y deseable: un duelo en la cantina, donde el reverso moral tiene su clímax: los espectadores quieren que el sicario acabe con el alguacil y con sus secuaces, y así resulta: Will Munny entra por la noche al saloon, borracho y armado -afuera, sobre la lodosa calle, llueve a cántaros y su amigo Ned es exhibido en su rudo ataúd- su audacia azuzada por el alcohol lo hace desestimar que es él contra diez, o más. Lo resuelve en segundos: liquida a cinco mientras por miedo nadie atina un tiro contra él, la madama mira la escena desde lo alto de la escalera. Luego sucede la penúltima bajeza: los cobardes huyen pistola en mano. Little Bill no ha muerto, sangra tendido con la estrella metálica que lo distingue prendida al pecho. Will se sirve un trago, toma un rifle y lo carga sin prisa. El tendido sheriff amartilla su revólver, el vengador reacciona, empuja el brazo de Little Bill con la bota y el balazo sale a un lado. Will dirige el cañón a la cara de la autoridad constituida que, para tratar de salvarse, apela a su biografía: no merezco esto, morir así… estoy construyendo una casa; Munny replica: merecer no tiene nada que ver. Apunta despacio y jala el gatillo. Fue la película que ganó el Óscar en 1992.

El domingo anterior, el cineasta Alejandro González Iñárritu, luego de recibir el Óscar por la mejor cinta del año, mandó un mensaje a los mexicanos: ojalá podamos encontrar y tener el gobierno que nos merecemos. La larga hilera de gobiernos regulares, malos y pésimos bien pudo haber respondido: merecer no tiene nada que ver con esto. Apretar el gatillo unas veces ha sido real, otras, una metáfora, y la escena se repite incesantemente. ¿Quiénes son los buenos, quiénes los malos? De entrada, es irrelevante responder, a pesar de que detrás de la valía auto conferida hay una certeza de bondad; si nos atenemos a la ética en Big Whiskey, merecer no es la cuestión: uno tiene el Spencer en las manos y motivos para disparar, el otro está en el suelo, inerme, pensando en sus méritos, la circunstancia es el meollo, no la moral.

El verbo merecer usado por González Iñárritu apuró reflexiones y el uso del aforismo recurrente: tenemos los gobiernos que merecemos, que suele empujarnos a reconocer que nuestras propias fallas son las que nos tienen así, gubernamentalmente postrados. Damos el fusil al verdugo y dejamos que nos dispare, aunque no lo merezcamos. Pero al final, obtenemos sólo según lo que hacemos u omitimos, esta es la lección que nos dio un grupo de jóvenes, ellas y ellos, con Pedro Kumamoto a la cabeza. En la búsqueda de una candidatura independiente para una diputación en Jalisco fueron generosos con la política, la pusieron en su lugar correcto: técnica para resolver los problemas que plantea la convivencia en una sociedad de hombres y mujeres libres. La salida del marasmo, del bang continuo, está en el hacer fruto de la reflexión y del espíritu comunitario, no en la inmovilidad del mero cálculo personal sobre lo que ameritamos, esa que deja la escopeta en manos del sistema que nos restriega en la cara, cotidianamente, que no se trata de merecer.

 

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