Lecciones no asimiladas

Una ventaja de las actuales tecnologías de la información y la comunicación está en que no debemos esperar a que la Secretaría de Gobernación grabe a los medios con una cadena nacional para ver y escuchar al Presidente, basta un enlace de Internet de mediana calidad (el único disponible) para mirar los actos del Ejecutivo mientras suceden. El jueves pasado Peña Nieto informaría cosas trascendentales para el país. Era preciso enterarse.

Apareció en la pantalla el anuncio “evento en vivo”. Esperé unos segundos y surgió otro mensaje: “Ocurrió un error, vuelva a intentarlo más tarde”. Concentrado en la curiosidad por lo que se anunciaría, saqué una conclusión espuria: fue el discurso político más breve, también el más honesto: ocurrió un error, vuelva a intentarlo más tarde. Lo del error todos lo sabemos (el singular lo atribuí a las auto indulgencias del Presidente) pero, ¿a quién se dirigía con “vuelva a intentarlo”?, ¿“más tarde” significaba con otro gobierno?

De repente apareció la imagen. Una toma en diagonal dejaba ver la espalda de gente sentada y el pódium presidencial, cesó la desazón que me produjo la leyenda con el error ocurrido. Algunos de los personajes eran reconocibles, los mismos de cada vez, el formato para que el Presidente se dirigiera a la nación era el de siempre. Sentí nostalgia por mi dislate y por las implicaciones históricas que por instantes entreví con aquello de: inténtelo después.

Para no romper la tradición, Peña Nieto ofreció un decálogo, y además una lección de geoeconomía: “Hoy existen dos Méxicos: Uno. Inserto en la economía global, con crecientes índices de ingreso, desarrollo y bienestar. Y (…) un México más pobre, con rezagos ancestrales que no han podido resolverse por generaciones”. ¡Ah, los rezagos, no hacen nada por sí mismos! Aseguró que la bonanza la disfrutan los del norte, los amolados están en el sur.

Su discurso intentó sugerir: aquí no ha pasado nada, hay que dar vuelta a la hoja con propuestas, sólo que las que presentó insinúan nociones alarmantes, resaltaré la que hay detrás de su idea de “la zona económica especial” integrada por Chiapas, Guerrero y Oaxaca. Pretende que aceptemos que lo bueno sucede en el norte y es fruto del modelo económico imperante: gran industria, de preferencia trasnacional, inversión privada a como dé lugar, la pública para infraestructura, y crear empleos de salario mínimo. Es decir, según la lógica que ha fracasado en cada punto de la rosa de los vientos, las ciudades y las regiones en el país tienen un norte con poca población y un sur abarrotado, pobre y vulnerable. ¿Creerán el Presidente y sus allegados que septentrión es un contento de igualdad, cuidado del medio ambiente, seguridad y justicia?

Los aerogeneradores en la zona de Juchitán, Oaxaca, de empresas globales y nacionales, no han acarreado prosperidad y han roto tejido social, tanto como el proyecto de la presa Paso de la Reina de la CFE en la frontera de esa entidad con Guerrero y como la carretera turística entre Puerto Escondido y Huatulco. En cambio, en Chiapas los municipios autónomos han producido dignidad, le han dado a sus habitantes regencia sobre su territorio y su destino ateniéndose a sus capacidades y deseos, a su creatividad y cultura sin imponer estándares ajenos, de ésos que les dejarían el papel macroeconómico de mano de obra; sí, en medio de cierta pobreza material, pero con un avance educativo no menor.

De acuerdo al Índice de Paz México 2013, del Institute for Economics & Peace, Chiapas y Oaxaca están entre los ocho estados más pacíficos, Jalisco está en el sitio 17. Entender a las comunidades y potenciar su esfuerzo sería en verdad hacerse cargo del tamaño de la crisis nacional. La zona económica especial parece el plan B para atraer capitales luego de que el plan A perdió brillo por la baja en el precio del petróleo. Se antoja hacer a un lado al Presidente y creer en la máquina: ha ocurrido un error, vuelva a intentarlo más tarde.

 

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