El futuro en el pasado

Nada más intolerable que los de allá con su manía, cada vez más acentuada, de venir a decirnos cómo hemos de ser. ¿Por qué no nos dejan con los matrimonios de siempre, con las familias que uno entiende, con los partidos políticos que ya conocemos, con las mujeres en plan de ser ellas, mujeres, y los hombres, hombres? Es tan cómodo tener todo en su compartimento: varones aquí y cuidadito con el que quiera ocupar otro lugar o inventarse uno propio; las damas aparte, modositas, silencias, agradecidas por lo que les sea dado; casados, divorciados y arrejuntados en su nicho respectivo, para no confundir; los hijos obedeciendo y callando, el gobierno en su sitio, en lo suyo, qué le vamos a hacer, y nosotros en lo nuestro, buscando la manera, que siempre lo hay, menos para los tarugos que también tienen su compartimento para no perderlos de vista; y claro, el eje que son las jerarquías: los pobres, resignados, en su orillita, y los poderosos, centrales, guías de la sociedad y, en la medida de lo posible, añadiendo pesos o euros a su fortuna. ¿Ven? Es fácil, a partir de una organización que cualquiera puede entender, lo demás, hacer leyes, negocios, divertirse y reunirse con los amigos, no es complicado, y con un poco de perspicacia y atenidos a esta estructura de siglos, en la que de por sí ya nacen las cosas y las gentes, puede uno colegir lo que se debe leer y lo que no, lo que es de buen gusto y lo que no, y distinguir a las claras entre lo inmoral y lo moral, entre las personas bien y las otras.

Modos de pensar como el descrito, más bien narrado, aún buscan preeminencia. La idea de que lo que viene de fuera es malo (preguntar a los expertos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos), que hay una manera natural de ser y de estar, que las tradiciones son leyes, pero no cualquiera: las tradiciones enunciadas por los grupos que desde la cúspide económica y mediática afirman saber lo que cada una y cada uno somos, queremos, sentimos y necesitamos. Si algo es malo, lo es menos si nace de entre nosotros; lo realmente malo llega de allá, de ese allá que es lo no mexicano. Actitudes así hacen a un lado la realidad; quienes las sostienen falsean las evidencias con tal de fijar una premisa espuria: estamos mejor que antes, lo que implica que la mayoría renuncie a sus anhelos presentes para satisfacerse con cumplir los de sus abuelos.

La familia nuclear ha cambiado, los adolescentes con problemas de adicción, las jovencitas embarazadas, las y los reclutas del crimen organizado, que no son pocos, los excluidos, surgen de ese modelo económico y social que el sistema se empeña en considerar inamovible, en lo político, y sagrado, en lo moral. A pesar de que cualquiera puede constatar que la relación padre-madre-hijos mutó; desde la encuesta de Jalisco Cómo Vamos luce como que el hombre proveedor falla más de lo que el conservadurismo concede, ante la pregunta: ¿se preocupó porque en su hogar se quedaran sin alimentos? 27 por ciento de los varones respondió que sí, lo mismo dijeron 33% de las mujeres; cuando la cuestión fue: ¿usted o algún adulto en su hogar sólo comió una vez al día o dejó de comer todo un día? 22 por ciento de las mujeres contestó sí, cuatro puntos más que los hombres. Y así, las mujeres, para quitarse la preocupación, para llevar comida a sus casas, son parte del mundo laboral, y las visiones de quienes reniegan de la necesidad de emparejar las leyes a un sentido más amplio y actual de la justicia, pretenden que con todo y lo que las ellas hacen, se mantenga la relación familiar "natural", dicen, "la de siempre", protestan.

En 2104 Jalisco Cómo Vamos preguntó: ¿cuál es la principal injusticia en nuestra sociedad? En primer lugar quedó la discriminación, seguida de la inseguridad. La gente no necesita defensores del orden ancestral o girar alrededor de un concepto convenenciero del nacionalismo, o peor: del regionalismo, sino practicantes de la libertad y un estado de derecho parejo, que mire al presente, no al pasado.

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