Iracundo o profeta

Hace unos años, Andrés Manuel López Obrador remató un discurso con una frase lapidaria, literalmente: “Al diablo con las instituciones”. Sin entrar en detalles de la suerte que corrió semejante misil contra lo que nos ha dado la revolución, tampoco en el contexto en el que explotó, hoy quizá debamos hacerle un comentario: las instituciones no necesitan que nadie las mande al diablo, se van solitas.

    Por ejemplo, el Congreso de Jalisco. Ya entendimos que el mal que padece no se cura con la transfusión de nuevos diputados cada tres años, aunque algunos tengan fama de buenos y honestos. Lo que pasa ahí es endémico y se contagia en cuanto el legislador gana el rango de electo. Los síntomas son: no hay dinero que les alcance; privilegian los acuerdos que benefician a los corruptos y los aprueba cualquier diputada o diputado que se precie de serlo; de entrada, ofrecen ganar menos por sus invaluables servicios, aunque a la hora de la hora no quieren desprenderse ni de los impuestos que les corresponde pagar; los aqueja una especie de Alzheimer súbito: olvidan arbitrariamente nociones como “contrapeso del Ejecutivo”, “división de poderes” y “representantes del pueblo”, sólo atinan a valerse de la ley del **uca-uca, el que se lo encuentra se lo **embaruca. Cuentan por ahí, pero la especie no ha sido confirmada, que la institución llamada Congreso del estado llegó con Satanás por su propio pie, no sólo por el mandato de Andrés Manuel o el del gentío de jaliscienses; el Bajísimo lo vio, se persignó y citó a un clásico de pacotilla al tiempo que escondía su cartera: ¿y yo por qué?

Por ejemplo, el IFE. Aquel referente de legalidad electoral, de trabajo con y para los ciudadanos, de imparcialidad y equidad, pasó a ser mero expedidor de credenciales de identificación, útiles para cambiar un cheque, para entrar a un edificio de los que presumen gran seguridad o como salvoconducto en las garitas de los antros, ah, y sí, también se usan para votar en las elecciones. Su trance hacia el infierno ha sido despacioso y constante, pero cuidado: tal vez no pueda entrar; los estrategas de la ciencia política oficial, en lo que luce como una jugada maestra, proponen hacerlo grandote, no grandioso, por la vía de adicionarle los institutillos electorales de las entidades federativas, con el fin de que no quepa por los portones del inframundo. Se quedará estacionado en lo que alguna vez fue el limbo, martirizando almas de pecadores con el peor instrumento de tortura desde que Torquemada era director de innovación y desarrollo en la Inquisición: los **spots del IFE, **ad nauseam.

Por ejemplo, los ayuntamientos. El Municipio Libre y su gobierno, alguna vez ideal de organización comunitaria plural para atender cosas de la vida cotidiana como seguridad pública, recolección de basura, limpieza, jardines, panteones, cobro de derechos, calles, etc., desapareció, y en su fuga al averno experimentó mutaciones: fue agencia de empleo para partidos políticos, mesa de permisos de construcción para beneficio de chequeras personales, caja chica para pagar campañas partidistas, oficina para tramitar créditos bancarios, promotora de expertos en cobrar por hacer planes y diagnósticos de lo que sea, comprador compulsivo de insumos, policía inútil de policías que no sirven para nada y velador celosísimo, para usufructo de unos pocos, del inefable “uso de suelo”. El Municipio Libre ya hace un plan parcial en el purgatorio y, con todo y el evidente hacinamiento alrededor de las calderas, quiere **redensificar el recinto, al cabo, asegura, ahí no se necesita transporte público, dicho que de inmediato generó protestas airadas de muchos de los más encumbrados habitantes del orco: todos ellos egresados insignes del pulpo camionero.

Sí, las instituciones se van al diablo por su voluntad. Lo desquiciante es: si ellas están allá, en dónde quedamos nosotros; si no atendemos este vacío creciente, ya lo sufrimos, otros se encargarán, y por un solo mérito: ser violentos.

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