Identificando al enemigo

La casa, la de cualquiera, una por San Andrés, en Guadalajara o alguna en Autlán, es baluarte, refugio, sitio donde no hay más allá: si lo perverso consigue trasponer la cerca, las puertas, es nuestro fin, policías, gobernantes, marinos y soldados se vuelven nada, símbolos estériles. Pero hay perversidades que se meten untadas a nosotros, como inmundicia en la suela de los zapatos se adhieren a nuestro espíritu a través de lo visto, percibido y oído allá, afuera de la casa, y no se van al caño al lavarnos las manos, no se desvanecen ante la sonrisa de quien nos recibe. Maldad sospechada y mustia, se asoma apurada por un ruido extraño, por la tardanza de un hijo o ante las noticias que magnifican la porosidad de la fortaleza; el cemento y el acero son nada ante el miedo que deconstruye al mundo, ante el temor sustentado con las evidencias que la realidad deja regadas cotidianamente: las instituciones de seguridad y las políticas hace mucho se desentendieron de las tribulaciones de la gente y en el imaginario común todo lo malo es probable. La casa: isla encajada en un archipiélago de soledades y a la defensiva, quizá tengamos que cegar sus portillos, los reales y los metafóricos.

El poeta José Juan Tablada vivía en una población un tanto alejada de la Ciudad de México: Coyoacán, y hacia finales de 1912 describió en su diario el entorno de su casa: “Mas volviendo el rostro hacia la dirección opuesta, no bien caía la tarde cuando sobre la sombría masa del Ajusco comenzaban a brillar insólitas luminarias. Eran las fogatas zapatistas; era la Revolución que plantaba sus primeros gérmenes de fuego, eran las chispas iniciales  de la Gran Conflagración”. La Decena Trágica se desató el 9 de febrero de 1913, en la entrada correspondiente a ese día asentó pura incertidumbre, los escasos teléfonos fallaban y la comunicación con la capital era casi nula, se hizo una idea de lo que sucedía a partir de lo que supo en las primeras horas: “el Presidente está en Chapultepec, en calidad de preso,” “Dice que están tirando con metralla sobre la ciudad desde la Ciudadela”. A las 10:30 p.m. registró: “Después de asegurar lo mejor que se puede las puertas exteriores de la casa, subo a las recámaras. A la angustia de los sucesos del día se junta la que las tinieblas traen consigo, pues la luz eléctrica no ha vuelto a restablecerse, y por el temor ingrato, aunque remoto, de una incursión de zapatistas. Por fortuna la luz eléctrica vuelve de pronto, lo que nos tranquiliza, denunciando que aún prevalecen en la ciudad ciertas condiciones de orden relativo. En estado de calma, abro una ventana y me sorprende el aspecto augusto y solemne de una clara noche estrellada y tranquila, en cuya silenciosa calma no discierno más que el ladrar, un tanto exasperado, de los perros en la lejanía. Y me acuesto.”1 

Cien años después así discurre la vida en Guadalajara: de lo público marcado por la violencia, la sabida y la intuida, y lo individual con sus rutinas, vulneradas, que nos ancla al mundo. Lo relatado por Tablada se volvió parte de la historia, lo que vivimos ayer, las piras públicas para agredir a la población, ¿qué será en el futuro? Depende del significado que le demos hoy; que la cantidad de víctimas y el impacto físico para la gente no fuera proporcional a las imágenes terribles que vimos no le resta un gramo al crimen: el enemigo es quien sembró el terror con llamas y balas; el otro bando, el agredido, debemos aceptarlo, lo formamos las y los ciudadanos, el gobierno, los partidos, las instituciones, la policía. Todas. Todos. ¿Pasará el susto y cada cual volverá a su ínsula, a sus egoísmos, corruptelas, miedos y codicias? Si comprobamos que sí, otra vez, el evento se repetirá hasta que ya no podamos, como el poeta, abrir una ventana de la casa para contemplar “el aspecto augusto y solemne de una clara noche estrellada y tranquila.”

 

1 “La Ciudadela de Fuego. A ochenta años de la Decena Trágica”. CONACULTA y varios más. Marzo de 1993, pp. 15-22

 

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