En Guadalajara, su pueblo y el mío…

Para echarnos un trago a la salud ultraterrena de Luis González de Alba, y para hacerlo enojar –está fácil-, brindemos con un  eufemismo vástago de la corrección política: Luis no se suicidó, tuvo una muerte autoasistida; y ya no expuestos a que repele por lo que escribimos, podemos comenzar con descaro este intento de elegía con un clásico de la cultura popular: “cayendo el muerto /soltando el llanto. (…) cuando vive el infeliz/ ya que se muera/ ora que ya está en el veliz/ qué bueno era”; salvo alguna excepción, lo escrito sobre, para, a propósito de él, luce (este artículo también) como parte de la tradición funeraria nacional, la que Chava Flores cantó en Cerró sus ojitos Cleto: la parca carga con los signos vitales del cuerpo y también con las taras morales que aquejaron al espíritu, y no insinúo que el de Luis las tuviera, no acumuló más que yo, más que cualquiera, sólo hago un recuento, superficial, de lo que he leído; “qué bueno era”, luego de que González de Alba se fue a averiguar si en el más allá sirven vasos de vida sin fin o vasos con vida eterna.

Desde la lectura periodística de sus textos (hay varios tipos de lectura, la que la mayoría pone en juego en publicaciones periódicas prescinde de matices, de complicidades, del diálogo) aparecía un González de Alba iracundo, “un rencor vivo” (expresión de Rulfo en su elegía multitudinaria, Pedro Páramo), juez inapelable y severísimo; en cambio, desde la lectura despaciosa de esos mismos escritos, por supuesto también de sus libros, se manifestaba un autor sarcástico con una cultura superlativa, divertido con los efectos de los que era causa, entretenido en el gozo de molestar didácticamente, sin dejar de ser mordaz y riguroso; lector memorioso, intérprete de lo que para la gente del común eran arcanos, docto a la usanza antigua: capaz de tender un sistema circulatorio entre materias extranjeras unas de otras; lumbrera, a veces demasiado atento a la ignorancia que sentía lo acechaba. 

El miércoles 2 de octubre de 1968, su fecha augural, fue lo que unos y una dicen, y también lo que González de Alba quiso desacralizar. El domingo 2 de octubre de 2016 fue para culminar la versión de su propia historia: “Todo consiste en morir, Dios mediante, cuando uno quiera y no cuando Él disponga.” (Rulfo-Eduviges Dyada).

Este amago de elegía ya es coral, ni modo de no ir a unos versos populares que de tanto durar y por su buenura ya pertenecen también a la otra, alta, cultura: “mas como fuese mortal,/ metióle la muerte luego/ en su fragua./ ¡O juizio divinal,/ cuando más ardía el fuego, echaste agua!”; la muerte aguafiestas que dibujó Manrique (la transcripción es literal, de la edición de Vicente Beltrán) se presentó para atender al iconoclasta González de Alba desuncida de la insondable volición que le atribuimos: Luis puso en las huesudas manos de la “putilla del rubor helado” el balde para apagar su incendio íntimo, el de él; pero la encomienda quedó a medias, de este lado la llama quedó vuelta libros, vuelta provocación que no cesará y vuelta los bienquerientes de uno de los “líderes históricos del 68” (énfasis para provocar el fantasmal enfado de González de Alba) que aquí andan: tratando de no desmerecer ante el trance que aquél eligió para romper el sitio que le impuso su epidermis (Muerte sin fin).  

Para memorar a Luis el sibarita, fragmento de una elegía que nació en un castillo, a través de Rilke: “Extraño es no volver a desear/ los deseos. Extraño es ver perdido,/ disperso, en el espacio todo aquello/ que estuvo unido./ Y es penoso estar muerto y trabajoso/ ir recobrando poco a poco un mínimo/ de eternidad.” Consumí el artículo con notas, apenas en el borde externo de una elegía propia, ni modo; para compensar, termino con una invitación a comprar sus libros, como él solía hacer, pero no porque se murió, sino porque son conversación con un personaje que modeló nuestro tiempo y que, como él se quejaba de otros, quizá no supo lo que había ganado. 

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