Guadalajara, nunca te acabes

Había una vez un puente. Uno de esos que las consejas del alcalde de Lagos prevenían para pasar por arriba. Era un puente para caminar sobre él, edificación artística de 1966 que ponía en práctica lo que hoy celebran de las expresiones plásticas: la interacción con el espectador, que podía andarlo, detenerse en él para contemplar el conjunto arquitectónico del Centro de Ciencias Sociales y Humanidades de la UdeG o los murales del edificio de la Normal o para atestiguar el discurrir de los vehículos y las personas en esa confluencia de caminos: el que viene o va al norte, por la barranca, o el que lleva, o trae, a Zapopan. Puente que señalaba la entrada a la Guadalajara majestuosa: desde él, si miraba uno al sur, se anunciaban las torres de catedral. Puente que si hubiera sido nomás para verse, cumplía sobradamente una misión, la de ser arte, la de su utilidad como signo.

Pero también había una vez una ristra de ingenieros inútiles, contratados por empresas cuyo solo objeto social es la acumulación de capital, que no distinguen entre hacer un camino rural o intervenir en una ciudad próxima a cumplir 500 años; lo suyo es mirar planos, apuntar sus máquinas según el trazo y… fuego. Es tan vulgar la postura de las constructoras y la del gobierno que las supervisa (supervisión que es mero rumor, los hechos la desmienten: casas afectadas, parte de la avenida Ávila Camacho sin iluminación para solaz de los maleantes, árboles talados que pudieron haberse protegido y puente y arcos derrumbados porque estorbaban el paso de los aparatos), pero decíamos que es tan vulgar la actitud de los perpetradores de la Línea 3 del tren ligero y de sus contratantes, el gobierno del estado y el federal, que ni siquiera apelan al necesario desarrollo del transporte público para justificar sus atentados contra la ciudad, no lo necesitan, de su lado tienen a la ubicua impunidad.

Es curioso, o ya no lo es tanto, es la rotura de la sociedad, que quienes gobiernan y los que pretenden gobernar luchan cada cual por imponer sus símbolos, como exhibición de señorío: si mandan los azules, todo azul, si los rojos, rojo que te quiero rojo, si los naranjas, si los amarillos, hasta nombran calles en honor de sus particulares y peculiares próceres, no hay político que desestime el valor de lo simbólico, siempre y cuando sea parte de la disputa por el poder que les compete y personalmente los beneficia. Pero si los signos atañen al imaginario de la gente, a la imagen histórica de la urbe y a sus señas de identidad, entonces son prescindibles. Imaginemos que en la edificación de la L3 una grúa hubiera arañado un espectacular del que colgara la cara sonriente y olvidable de una candidata, de un candidato… sin duda el partido afectado –es nomás un giro del lenguaje- habría puesto una queja ante el Instituto Electoral y frente a los medios se habría arañado las vestiduras para denunciar el atentado contra la democracia y contra la libertad.

El ejemplo es chusco porque es real, hay también uno trágico: la desaparición de los estudiantes normalistas en Iguala dejó en evidencia que en Guerrero los gobiernos constituidos son puro adorno, y de los feos, que la violencia es cotidiana y que el crimen organizado se encarga de los impuestos, de la policía, de la economía y de dirigir a la sociedad; por lo que no pocos pidieron que el Senado dictaminara la desaparición de poderes. La clase política se santiguó antes de exclamar: anatema, y desechó la posibilidad, sin debatirla. En cambio, no ha tenido empacho en sugerir, constantemente, que un escenario posible incluye suspender las elecciones porque las condiciones no son propicias. O sea, hay de dos símbolos, los mudables por decisión autoritaria, incumben a los ciudadanos, como las elecciones, nuestro puente, los arcos de Tlaquepaque, como los árboles o la mismísima Historia; y los perennes, propiedad de la clase política, sirven para mantener potestad sobre el erario.

Había una vez una ciudad… ya casi no.

 

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