Epopeya de lo ordinario

El futbol es uno y sus manifestaciones muchas. El que vemos por la televisión, velado por los comentaristas y según la narrativa del director de cámaras, que por las limitaciones del medio no puede dejarnos ver parte del juego, lo que ocurre entre los futbolistas que no están cerca del balón. Del que escuchamos por la radio ni hablar, las transmisiones son pésimas porque los cronistas ignoran que no estamos mirando y omiten ubicar las acciones en la geografía del campo –desconocen que se trata de que  cada equipo juegue para dominar el territorio- y no son capaces de describir con imaginación el ambiente para lograr lo que los antiguos conseguían desde el saludo: ponernos ahí. Otro es el que disfrutamos en los estadios, donde no es extraño que el espectáculo más divertido se dé en la tribuna. También está el que discutimos con los demás; materia obligatoria en la escuela de la vida, acervo de saberes y sentires que nos vuelve sabios, idealmente sabios: según cada uno, aunque no es verdad, al hablar de futbol mantenemos el equilibrio perfecto entre la objetividad y pasión, entre la justicia y el azar, entre el derecho ajeno y el propio.     

Pero hay un futbol más, el que jugamos. Nos parece que uno de los encantos de ese deporte es que para practicarlo no hay que cumplir requisitos onerosos o complicados; no son imprescindibles ni la cancha, ni las porterías o tener un árbitro, para suplir al balón basta una lata o un atado de trapos. Todos lo hemos jugado y hemos puesto al día sus reglas: detener el partido con el mecanismo de poner el pie sobre la pelota y exclamar: “tiempo, viene un coche”, es norma universalmente aceptada. “Bolita por favor” es una de las primeras expresiones que aprendemos a usar para apelar a la ayuda de un desconocido que no necesita más información para entender lo que le pedimos: bolita por favor y, por un segundo, el extraño se hace jugador, está legislado: ése que pasaba cerca y regresó la pelota hizo algo más: dio un pase, a quien fuera, para que sin mayor transición continuara el encuentro.

Una de las experiencias más intensas es jugar un “clásico”; vocablo que en el futbol se refiere a un partido que nunca cesa, así suceda una vez cada año. La rivalidad, el gozo por el enfrentamiento y la historia que acumula hacen que un clásico dote a la rutina de un sentido claro y épico. Conocemos uno que ya cumplió 20 años. Es un duelo añorado que al invocarse provoca sonrisas, placer y una nostalgia que suele saciarse en el verano, entre dos conjuntos perfectamente disparejos: siempre pierden los sobrinos (sobrinas, hijas, hijos). No hay registro de un triunfo para ellos y, no obstante, cada vez al comenzar el enfrentamiento sienten que esa vez sí, al fin. Al comienzo vencíamos porque nuestros acérrimos contrincantes rondaban los siete años de edad y con todo lo formativo y alentador que pudo ser, nunca los dejamos ganar; luego crecieron, su condición física fue portentosa, comparada con la nuestra, pero en el futbol esto no es desventaja fatal y perdían, mientras nosotros, consistentes, desaprovechábamos la oportunidad de predicar con el ejemplo sobre ética, consideramos que para eso están las escuelas, otras instancias y otras personas.

En un clásico hay que ganar y lo hemos hecho, aunque no merced a la impericia futbolística de ellos, sino porque el juego es mucho más que cuerpo y técnica. Por ejemplo, saber dar un grito estentóreo, concertado, oportuno y autoritario, que mane de un cansancio vecino del desmayo y no tome en cuenta el marcador: ¡ganamos!, para acto seguido abandonar la cancha. De este modo inicia lo bueno, secuela del partidazo: enojarnos, ellos, y desenojarnos, todos, y abrazarnos y querernos, lo que ya también es clásico. Pero, un momento, contado así hay que retractarse: después de todo, nuestro clásico sí ha sido una enseñanza moral, las sobrinas y sobrinos están sobriamente preparados para el futbol, que es uno, y para la vida. Deben estar agradecidos.

 

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