Entiendan, pide el que no entiende

Ahora sí que nunca mejor dicho: el gobierno, es decir, el Ejecutivo y el Legislativo, y evitemos los membretes partidistas, dan lo mismo, trata de apagar el fuego con gasolina, al resultado de la maniobra se le conoce como gasolinazo, insisto: nunca mejor dicho.

Hacia 1989, los países, representados por bancos, a los que el entonces llamado “Tercer Mundo” debía un dineral, decidieron que era hora de poner orden en las economías de las naciones que no hacían sino pedir prestado, con lo que abismaban al mundo a sucesivas crisis económicas, eso nos decían, que podían ser fatales… para la economía, claro, que desde entonces es la única fatalidad que cuenta. Por lo que idearon una fórmula: el Consenso de Washington, que fue consenso sólo entre los que tenían, tienen la sartén por el mango. Dictaron recomendaciones (es un decir), diez, a los mal portados países en vías de desarrollo; una de ellas, redirección del gasto público en subsidios, que se relaciona con otra: liberalización del comercio; en suma: dejar que la norma básica de la economía, la ley de oferta y demanda, obrara su magia, lo otro, digamos la justicia distributiva e impulsar la equidad, se daría por añadidura.

México ha sido disciplinado; nos aplicamos con tal enjundia que durante el sexenio de Carlos Salinas sucedieron varios milagros, en la economía macro, que desde entonces son los únicos que cuentan, con todo y que en un detalle fuimos omisos: el subsidio a los combustibles, que no disminuyó. Con lo que propiciamos al menos tres efectos nocivos: que Pemex se mantuviera ineficiente y corrupta; que la hacienda pública se acurrucara en la recaudación que sin esfuerzo extraía del petróleo; y que desperdiciáramos la oportunidad de, con la riqueza petrolera, construir la infraestructura y la igualdad que andando el tiempo hicieran innecesarios los subsidios.

Así llegamos a 2017, a los estertores del régimen de Peña Nieto que empujaron a su gobierno a darse un electro shock: de casi un plumazo erradicar el subsidio a los combustibles. Los comentaristas acomedidos y el presidente piden que entendamos la medida, aunque reconocen la validez del enojo popular; y justamente en esto reside la esquizofrenia con que se ha regido la economía en este país: no nos ha tocado entender una sola de las medidas económicas a partir de lo bueno que experimentemos en nuestra día a día; lo que nos ha permitido sacar la cabeza (no perdamos vista que la mitad de los habitantes de México vive en la pobreza y más de la mitad de la otra mitad está en estatus “vulnerable”, o sea: en vías de empobrecer) es ajeno a las imposiciones del Consenso de Washington: la economía informal, los subsidios y ciertos programas sociales, que desmienten la validez de los mercados globalizados como ecualizadores económicos y sociales. Además, volvieron a endeudarnos hasta el cuello.

¿Toca aplicarnos a esa pasteurización política que implica el llamado a entender el gasolinazo y al mismo tiempo permanecer enojados? ¿Se pueden disociar la extrema violencia que se padece en buenas porciones del territorio nacional, los malos gobiernos y la crisis económica? Aunque debemos reconocer un cambio… en el discurso: antes pedían que nos apretáramos el cinturón, ahora que entendamos; la cosa es que desde hace cuarenta años la mayoría de las y los mexicanos nace con un cinturón para apretar bajo el brazo, en lugar de la mítica torta. En el prólogo de un libro estupendo que publicó el CIESAS, Dinámicas de poder y prácticas de resistencia en las revoluciones árabes, de Moisés Garduño, Jorge Alonso, el Doc, escribió: “Hay una invitación a no quedarse con la mirada en los poderes constituidos, sino en atisbar lo que sucede en la vida cotidiana de la gente.” Que entendamos no es una petición despreciable, pero entender a los gobernantes ya no tiene sentido, lo suyo es nomás eso: lo suyo; las respuestas, como sugiere el Doc, están en otro lado, las muchas protestas son elocuentes. 

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