Don Benito, en su día (El contrataque de los conservadores zombis)

Cuando un empresario, además uno de rancio abolengo, está dispuesto a dejar que un negocio millonario se le vaya al drenaje por un tecnicismo legal (similar a los que usa cierta iniciativa privada para muchos de sus proyectos, pensemos en minas, en desarrollos turísticos sobre manglares, en el outsourcing), no merece sino que le dirijamos nuestra sospecha más aguda.

Basta recordar la pauta comercial del noticiero de Carmen Aristegui, la más nutrida del cuadrante y no de la que paga el gobierno, se anunciaban empresas de toda laya, lo que siempre es indicativo de que quien da a conocer ahí sus productos recibe beneficios por su gasto en promoción y de que la gente confía, tanto en lo que sucede en ese lapso de programación noticiosa como en lo que se promociona.

¿Pretende Joaquín Vargas, accionista mayoritario de MVS, hacernos creer que súbitamente su apego a una norma interna quedó por encima de los millones de pesos en flujo de dinero que le acarreaba el noticiero de Carmen Aristegui? Quizá el país y sus empresarios cambiaron mucho estos últimos meses sin que nos diéramos cuenta.

Y para complicar la trama, lo que debe leerse: para avivar el recelo, por algún motivo el gobierno federal se impuso declarar que la ruptura entre Carmen Aristegui y MVS es un negocio entre particulares. Tal vez la muda en el país es de gran calado y no obstante ha sido invisible para nosotros, por lo que corresponde preguntar: ¿cuándo las cosas en las que participa el gobierno mexicano no han tenido una índole particular para quienes gobiernan? Lo manifiestan a las claras las súbitas fortunas de no pocos de los servidores públicos y los enconos personales que son el centro de las campañas políticas que se pagan con dinero del erario. Además, esa machacona persecución del beneficio individual a la hora de gobernar tiene consecuencias sociales, por ejemplo, la creciente cantidad de pobres, la devastación medioambiental y el difuminado estado de derecho. Entonces, lo que debemos entender con el amago de deslinde que hizo el gobierno federal en el caso Aristegui-MVS es que el asunto es particularmente particular: algún funcionario está metido hasta el cuello o el dueño acomedido, motu proprio, quiso quedar bien.

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El diagnóstico no es correcto, fue lucidor, de acuerdo, pero falló al describir el mal que aqueja al titular del Ejecutivo Federal y a su gabinete: no es que no entiendan, es que no les importa lo que se diga más allá de su círculo social. ¿Fue un escándalo la Casa Blanca? Sí, entre quienes no importan. ¿Hay una crisis económica tenaz para las clases sociales vulnerables? Sí, pero es un mal menor que afecta a los que no importan, o en el mejor de los escenarios es constatación de que la política económica va bien, no hay progreso si el pueblo no se aprieta el cinturón. ¿Se ve muy mal acarrear a la familia y a los amigos a un viaje de trabajo al que el Presidente va en representación del Estado mexicano? Sólo entre quienes de todo se quejan, es decir: los que no importan. ¿Es de mal gusto aparecer en una revista banal para ostentar vestidos, peinados, accesorios, el arte de Photoshop y cercanía con la casa real más antigua? ¿Es de mal gusto que no se hagan cargo de que esa cercanía la consiguieron a expensas de 115 millones, la mitad de ellas y ellos padeciendo pobreza? Porque la revista de marras, ¡Hola!, no da cuenta de algún mérito personal de los exóticos compatriotas que se colaron a palacios, salones y carruajes de cuento, de set de televisión, no de alguno que le hubiera hecho exclamar a la Corte del Reino Unido: queremos conocer a tan preclaros individuos e individuas. Claro, el mal gusto lo sancionamos quienes para los estándares del gobierno federal mexicano habitamos en un margen que les es desconocido. No es que no entiendan, es que no les importa.

Sí, hacer reverencias ante Isabel II para salir en ¡Hola! o desembarazarse de periodistas críticas es una transacción entre particulares… modos de entender el gobierno.

 

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