Dilemas espurios

En una situación de crisis cuyas causas atañen a una comunidad numerosa, de la que se siguen muestras de inconformidad y juicios sumarios, la generalización es inevitable y las injusticias apenas pueden contenerse, aquellas que podemos expresar con el siguiente aforismo: siempre pagan justos por pecadores.

Justo es quien sin aviso no puede cumplir una cita o su mera gana de ir de un lado a otro porque una manifestación cerró las calles. Justo el empresario que edificó su establecimiento y al paso de una marcha corre con la expiación de culpas ajenas porque algunos deciden incendiar, romper vidrios o pintar paredes. Justo es el servidor o la servidora pública que con honestidad y denuedo hacen su trabajo (los hay), ya elegidos por sufragio, nombrados o por trayectoria, y deben leer en los medios y oír en donde sea que todos son unos corruptos, que todos están liados con el crimen organizado. Justo el vendedor ambulante al que las circunstancias no le permiten discernir si debe obtener un permiso para hacer su negocio móvil, si ha de pagar impuestos o si violenta los derechos de los comerciantes fijos, se atiene a que necesita dinero para sobrevivir y para integrarse a una economía diseñada para que destaquen los que se atreven, ceñidos a las reglas o como sea, y debe tragarse la sanción social que provocan otros de sus colegas vinculados con un partido político (o con más de uno) o puestos al servicio de intereses más allá de la ley. 

Al cabo, lo que enlaza a justos y a pecadores es una certeza unánime: no faltan razones legítimas para machar y protestar, las hay en cada tono del espectro socioeconómico. ¿Qué no es sino una forma de marcha el llevarse los dólares allende las fronteras? ¿No es un descontento público, con daños colaterales severos, el dejar de invertir porque el gobierno no merece confianza o porque simplemente no toma la llamada de ciertos agentes económicos de renombre? Claro, no es lo mismo la protesta de delgados federales que no usan los cauces legales para denunciar al gobernador de Sonora (que terminó por dinamitar la presa de su rancho, ilegal, hecha con dinero de procedencia dudosa) que un montón de jóvenes embozados que esgrimen pancartas en la vía pública.

Pero no es igual únicamente por el tratamiento mediático y por los escenarios sobre los que se marcha (la vil calle o los salones palaciegos o las redacciones de los medios de comunicación), con todo y que en los efectos sea idéntico. ¿No fue una especie de marcha en silencio y de brazos caídos la del gobierno federal, con pago de justos por pecadores, el dejar correr los crímenes de Abarca, el presidente municipal de Iguala, en Guerrero, nomás para exhibir a un partido político rival? Está más que documentado que la PGR y el CISEN lo sabían todo.

¿Y el gobierno chino y su empresa de trenes veloces no protestaron por la cancelación del contrato que ya habían ganado? Sí, sólo que cuentan con la ventaja de poder vapulear en privado al presidente y al secretario de Comunicaciones y Transportes, y si no les resarcen el mal que les infligieron, marcharán en sitios a los que no accedemos los protestantes comunes y corrientes: los tribunales que sí los escucharán y que expeditos seguramente les darán la razón. ¿Pagarán justos por pecadores? Sin duda, el dinero que el error del presidente hará que reciban pertenece a los justos que con su trabajo abonan al erario, a los millones de pobres y a la vulnerable clase media, colocados invariablemente, en la lista de prioridades, después de la corrupción y de la estulticia.

Medir las pérdidas indirectas que produce expresar una inconformidad es tomar un atajo falso. Identifiquemos y erradiquemos las causas de la protesta y al  mismo tiempo compensemos a quien resultó afectado. Cuando vivir con dignidad sea la norma, lo que incluye la posibilidad de marchar y que los medios, los gobernantes, los fiscales y los jueces sean justos al hacer lo suyo, tomar las calles será innecesario.

 

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