Decíamos ayer…

El vaivén de la sociedad hacia cada individuo o de los sujetos hacia el todo social es a veces dulce y provechoso; lo que es benéfico para el grupo lo es para las personas y también en sentido contrario: no implica sacrificio hacerse cargo de los otros y en cambio la sociedad es fértil para que cada cual viva en paz y libremente. Otras veces esa oscilación es violenta, produce cataclismos; individuos, pocos, que fuerzan al resto a comportarse como ellas o ellos desean, o viceversa: el cuerpo social pasa por encima de las libertades de cada hombre y mujer para imponer modos que anulan la pluralidad de caracteres, de opiniones y pareceres.

Para regular el ritmo del péndulo, las naciones con anhelos de justicia crearon las instituciones, representación concreta de los principios comunes, igualdad y acceso irrestricto a las oportunidades para desarrollarse cultural y económicamente. Desde las instituciones es posible, y obligatorio, atender el interés del grupo y el de sus elementos considerados de uno en uno. Las aspiraciones que alcanzan el rango de derechos y obligaciones exigibles están en un ideario que al mismo tiempo es una convención que tiene calidad de unánime: la Constitución General de la República.

Los ideales para toda materia que están escritos en ella los ejemplifica bien el Artículo 3°, que dice de la educación: “Contribuirá a la mejor convivencia humana, a fin de fortalecer el aprecio y respeto por la diversidad cultural, la dignidad de la persona, la integridad de la familia, la convicción del interés general de la sociedad, los ideales de fraternidad e igualdad de derechos de todos, evitando los privilegios de razas, de religión, de grupos, de sexos o de individuo”.

Ahora que recomenzamos el ciclo anual al que corresponde el número 2015, quizá sea útil recordar algunos de los conceptos que dan sentido a nuestra colectividad, para delinear el futuro y de paso situar al maremágnum del último trimestre de 2014, cuando las instituciones se difuminaron y el vocerío individual ganó una preminencia que se confundió con el caos porque lucía como un repertorio de nociones que no iba más allá del encono.

Al cerrar diciembre, el quiebre tenía una denominación: Ayotzinapa; al iniciar enero lo deseable es que ese lugar de Guerrero sea impulso para la renovación que también puede servirse de la memoria común que todavía contiene la Constitución. Lo que 2014 dejó en claro es que los más caros principios sociales no han sido próximos a la mayoría de las mexicanas y mexicanos, por ejemplo algunos de los mencionados en el Artículo 3°: la dignidad de la persona, integridad de la familia, fraternidad e igualdad de derechos de todos, evitar los privilegios de razas, de religión, de grupos, de sexos o de individuo; más la carencia de empleos adecuadamente retribuidos, de acceso a la educación buena, de seguridad, malos servicios de salud, impartición selectiva de la justicia, etc. Todo esto se ayuntó en el imaginario público y propició las marchas, abanderadas por el suceso insoportable y propiciatorio: Ayotzinapa. 

Muchos cuestionaron que las manifestaciones no contuvieran propuestas, cosa que según ellos las descalificaba, sin reparar en que los individuos llevaron el péndulo a su multiforme dominio en donde había un hilo conductor: la traición consuetudinaria a los acuerdos sociales básicos de parte de los gobernantes, es decir, la propuesta fue nítidamente expresada: fin a la corrupción, a la impunidad, a los privilegios de unos pocos. Del otro lado, el péndulo encontró pusilanimidad, las instituciones acusaron falta de convicción y peor: de legitimidad, los discursos y las promesas de siempre ya no son suficientes, y se refugiaron como el que huye de lo desconocido, a esperar que el enojo amainara. Ojalá no, y que 2015 sea continuación del comienzo de conquista de las movilizaciones: visibilizar a los sujetos que tienen mucho que aportar, de mil maneras, a esto que aún es una sociedad.

 

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