Cultura de la cultura

A nombre de la cultura se han cometido muchas iniquidades. Claro, a nombre de la idea de cultura que tiene quien está en posición de hacerle sufrir iniquidades a otras y a otros. La falta de cultura que unos consideran los demás padecen, y viceversa, es causa de lo difuminado del concepto: desperdiciar agua es evidencia de nula cultura del agua; si no respetamos las reglas de tránsito y no pagamos impuestos acusamos un déficit de cultura de la legalidad; si malgastamos energía, si desestimamos el valor de la flora y la fauna, si tiramos basura carecemos de cultura ambiental; si atentamos contra el espacio público deberían inocularnos ampolletas de cultura cívica.  

¿A qué se deberá que muchos males se achaquen a la escasez de vitamina C-ultura? Tal vez a la manía, cultural por cierto, de no llamar a las cosas por su nombre o a ésa otra de posponer la solución de los problemas, o quizás porque si las dolencias son de naturaleza cultural los remedios deberán ser consecuentes con el diagnóstico y bastará con enseñarle a la gente, cosa que siempre resulta más blandita que castigar con multas o con prisión; es más barato y bonito, nadie se malquista con nadie, promover que se produzcan telenovelas y spots que culturicen a la población. Será emocionante, dentro de tres o cuatro generaciones, cosechar los frutos de tan cultural esfuerzo.

El punto más alto de las valoraciones de esta índole sucedió cuando el Presidente de la República le respondió a León Krauze sobre la corrupción en la famosa entrevista promovida por el director del Fondo de Cultura Económica: “León, yo sí creo que hay un tema cultural lamentablemente, que ha provocado corrupción en todos los ámbitos y órdenes, tanto privado como público”. Y como el primer Ejecutivo de la nación se siente obligado a ir a más, y en cosas que tienen que ver con la cultura Enrique Peña Nieto no suele limitarse, también afirmó: “La corrupción es un tema casi humano”. (Citas tomadas de la nota de Arturo Rodríguez García, 20 de agosto de 2014, en Proceso.com.mx). De este modo el Presidente estrenó un campo de estudio para los de antropología: la cultura que no llega a ser humana, o lo que es lo mismo: un mundo inhumano nos vigila y nos pervierte.

Pero la magnitud y cantidad de problemas que nos aquejan inhiben insistir en debates de corte académico con el Presidente, tomémosle la palabra e inscribamos otra tara en nuestro ser social: estamos estrechos de cultura de la honradez. Aunque lo incómodo de aceptar esto es que Peña Nieto no lo aplica coherentemente. El lunes 8 de septiembre más que asumir mansamente una que bien podría ser otra fatalidad cultural, decidió combatirla: la “informalidad”; incluso su gobierno creó un programa-imploración para volverla formal: Crezcamos juntos.

La corrupción es un crimen, no por una postura moralina, sino porque así está tipificada en los códigos penales. En tanto que “la informalidad” (actividad económica que no cumple con los trámites institucionales y con las obligaciones fiscales y laborales, ¿cuántos formales no practicarán una porción de informalidad?) es parte de nuestra cultura, es centenaria y la única opción cuando el Estado mexicano se vuelve costumbrista: acostumbra olvidar a la mayoría de sus integrantes, ésa que se compone de los estratos socioeconómicos medio-bajos y bajos; la “informalidad” no es un delito mayor, es una falta administrativa, y según el Inegi vale 25 por ciento del PIB y 58 por ciento de los empleos del país, ¿no luce suficientemente cultural?, y no obstante el gobierno la evalúa para combatirla, así sea con dulces, evanescentes promesas. La corrupción lubrica el engranaje del poder público, estimula la fidelidad de los poderes fácticos con el gobernante en turno y es intocable, no se debe medir, menos erradicar. Aunque ya es tiempo de no estar constantemente con sospechas y de ver el ángulo positivo, con su actitud ante la corrupción, lo que el gobierno federal pretende es mantenernos en un estupendo nivel cultural.

 

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