Cronista de lo improbable posible

Cualquiera podría afirmar: el discurrir del tiempo es ineluctable; siempre habrá la circunstancia para soltar semejante necedad que, por lo demás, goza de gran y longevo prestigio, es una de esas frases para rellenar silencios de los que se crean cuando más de dos sienten que es necesario ser solemnes y trascendentes: el discurrir del tiempo es ineluctable. Silencios como estos encuentran atmósfera propicia, nacen, crecen y se reproducen a la hora de la muerte de alguien, cuando no faltan las citas de lugares comunes ni las desmesuras presidenciales. Hoy sobran, porque la muerte de Gabriel García Márquez es una de las pocas victorias que los hombres y las mujeres pueden festejar en la perenne batalla que tienen contra el tiempo, desde que la historia es, desde que son historia. La fórmula del eterno presente de García Márquez es literaria, real de toda realidad: lo único que trastoca el fluir recto del tiempo es la acumulación de los hechos y los sentimientos humanos, que van y vienen por la tirilla temporal, brincan años, siglos, al pasado y al futuro, para demostrar que nada fue, que nada será: que todo está constantemente siendo, basta con ponerse a contarlo, bien. 

    Amos Oz, en un libro de ensayos sobre comienzos de distintas obras literarias (La historia comienza, FCE/Siruela, 2007), al comentar El otoño del patriarca, de García Márquez, dice, p. 97: “Todo apesta y se deshace, pero nada cesa.” ¿Qué le importa el tiempo al Patriarca de la novela? Puede asomarse a la ventana de su residencia y ver las tres Carabelas de Colón fondeadas en la bahía que le pertenece, que le ha pertenecido inmemorialmente y que seguirá siendo de su propiedad aun cuando lo que único que de él rija sea su recuerdo, incrustado en los patriarcas que lo sucederán y que serán él, aunque la pestilencia y la degradación de las cosas pretendan significar que algo cambió; lo nuestro, lo brillante y lo oscuro de lo que hacemos, de lo que sentimos, para bien y para mal, persiste.

    Carlos Fuentes, en Terra nostra (FCE, 1984), en cuyos agradecimientos aparecen García Márquez y Mercedes Barcha, su esposa, hace decir a su personaje Ludovico, que se dirige a otro, el Cronista, p. 659: “¿Por qué habías de contarnos sólo lo que ya sabemos, sino revelarnos lo que aún ignoramos?, ¿por qué habías de describirnos sólo este tiempo y este espacio, sino todos los tiempos y espacios invisibles que los nuestros contienen?, ¿por qué, en suma, habías de contentarte con el penoso goteo de lo sucesivo, cuando tu pluma te ofrece la plenitud de lo simultáneo? Empleo bien mi verbo, Cronista, y digo: contentarte. Descontento aspirarás a la simultaneidad de tiempos, espacios, hechos, porque los hombres se resignan a ese goteo que agota sus vidas, y no bien han olvidado su nacimiento, que ya se enfrentan a la muerte; tú, en cambio, has decidido sufrir, volando en pos de lo imposible, con las alas de tu única libertad, que es la de tu pluma, aunque atado al suelo por las cadenas de la maldita realidad que todo aprisiona, reduce, enflaca y aplana.”

    Tanto Oz como Fuentes describen un movimiento literario que fue, es, una manera de estar en el mundo, y en la política y en la historia y en el goce estético y en los desencuentros emocionales e intelectuales: el realismo mágico, que incluyó en sus líneas a todo el Continente (nunca más propiamente empleado el sustantivo:que contiene, personas, guerras, tiranías, sueños, felicidades y una geografía grandilocuente, generosa y terrible) y que de los otros tomó lo que quiso y nada le fue extranjero, sus principales escribidores no fueron ajenos para otras lenguas, para otras culturas, son de allá como son de acá. Y Gabriel García Márquez fue uno de sus centros, en su obra consiguió no sólo anudar el tiempo con otra trama y mirarnos por otro cristal, cambió vidas porque nos habló a todos, de uno en uno y nos dio el derecho de afirmar: a mí, García Márquez me cuenta cuentos y reinventa la historia a mi gusto, que, curiosamente, es el suyo.

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