Cortar por lo sano, o por piedad

Qué bonito es ver votar y no enlodarse; lástima que por imperativos burocráticos y por las necesidades de flujo de dinero de los grandes medios de comunicación tendamos a unificar los momentos electorales de la federación con los de los estados, los municipios y los de la ciudad-estado. ¿Estará preparada la gente para entrar unánime a semejante desgaste político, presupuestal y moral? El día que llegue a su clímax el buscado periodo comicial único, imagino a la nación desde alturas satelitales: un barco que zozobra, los ciudadanos y las ciudadanas saltan al mar, desesperados, no hay suficientes lanchas salvavidas (para tal maremágnum todas serían pocas); quienes permanecen en el altiplano y en las elevaciones de la orografía mexicana (que equivale a las cubiertas superiores y al puente de la nave), lejos de la opción de la fuga marina, forman una orquesta empecinada en una tonada triste, lucen resignados: el hundimiento total está por ocurrir y el hueco que dejará México en el continente, luego de la “jornada cívica” aunada, hará inútil al canal de Panamá; lo sé, aún como metáfora la desaparición física del país es una desmesura, pero la escena exige un corrimiento hacia lo cinematográfico para rematar lo que la imaginación sugiere para ese apocalíptico día. 

Se antoja ir a Oaxaca, Puebla, Aguascalientes, Tamaulipas, Veracruz, Chihuahua, Quintana Roo, Hidalgo, Tlaxcala, Sinaloa, Zacatecas, Durango y Baja California, donde mañana elegirán gobernantes, para contarles: Jalisco tiene sus broncas, no menores y acuciantes, pero vieran qué distintas se perciben sin el acento distorsionante de la democracia de los de arriba, como dice el **Doc, de apellido electoral, y correr también la voz en la Ciudad de México, ahí designarán a las madres y padres de sus conflictos por venir: 60 diputados constituyentes (lo único inapelable en las constituciones, la General y las locales, es lo relacionado con las elecciones: no hay partido, no hay político o gobernante que quiera dar otro sentido que el que sufrimos a ese factor de inquina social). 

Pero no somos inocentes: lo electoral en México ya se aproxima al rango teológico, no porque lleve aparejadas la fe y la esperanza (mencionar la caridad sería de mal gusto), sino por su omnipresencia: está en todo lugar y en todo momento, es el autocrático dador del tiempo para las cosas que nos son comunes: un año y medio antes de sufragar los acuerdos políticos comienzan a complicarse, hasta alcanzar el punto en el que son inalcanzables, cuando la elección está a la vuelta de un mes, para luego, después del domingo de san Sufragio, dejarnos en un impasse de meses: los electos son el petate del muerto y quienes están en funciones son el mismísimo muerto.

Si rifa lo ciudadano, dicho el sustantivo como un recurso para distinguir a quienes no se benefician de las elecciones, ni antes ni después de ellas, que sin embargo corren con los gastos, de los y las otras: candidatos y  partidos y las instituciones responsables del proceso, más los círculos de interés de todos ellos. Pero decíamos que si lo ciudadano es la onda, pidamos una elección cada año; la secuencia sería, en orden alfabético: año uno, Aguascalientes, año 32 Zacatecas, de este modo en el 33 volvería el turno al primero. Sí, serían lapsos dignos de una tiranía, aunque ya hemos sufrido varias que hicieron de un sexenio la eternidad. ¿Perderíamos calidad en la democracia? No si el parámetro es la que tenemos; además, cuando nos hartemos podremos echar mano de la revocación de mandato. ¿Nos gobernarían peor? Es posible, y probable, con el sistema actual o con el que sea; en cambio cada estado tendría 32 años sin elecciones programadas, una votación por generación, más las que la gente ponga en marcha para defenestrar ineptos e ineptas, el ahorro de recursos de todo tipo sería imponente. Si propusiéramos esto donde hoy velan boletas para cruzarlas mañana, sin duda lo abrazarían con emoción. 

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