Conocerlos como son

El caso de la regidora con licencia, y vaya que se las toma todas, las éticas y las poéticas, Elisa Ayón, espanta. No por lo que la grabación tan difundida muestra de su idea de liderazgo, no por lo que sus dichos revelan de sus acciones altamente sospechosas de corrupción, no, espanta porque bien entrado el siglo XXI y ella no se ha enterado de que hoy las conversaciones privadas de un funcionario público son pieza de museo, no sabe que cualquier niño con un teléfono celular es un auditor en potencia, o un espía (para darle nivel al asunto), no digamos el arma mortal que puede ser para ciertos prestigios (de por sí muy dudosos) en manos de un grupo de subalternos al que la ahora licenciada trataba con la punta del pie, y de la lengua. Pero esa aparente ignorancia es en realidad una muestra de que la impunidad en la que se solazan tantos y tantas desde el poder, los lleva al solipsismo, sólo ellos importan, se desentienden del entorno, del de la tecnología y del de la democracia, limitada y maltrecha, pero democracia, de los ciudadanos interesados y actuantes en las cosas comunes, del de su partido, que por actitudes y codicia como las de ella pasó dieciocho años como mero pretendiente al gobierno de Jalisco y no se quita de encima su mala fama, largamente trabajada. Espanta que pensemos que al defenestrarla a ella, erradicamos el mal, no: apenas lo entrevimos.

¿Cuál será la diferencia entre un informante como Snowden y el anónimo que nos regaló el boleto para ser espectadores de primera fila en el arduo día de trabajo de una política como Elisa Ayón? Detrás de cada uno de los dos hubo un espía que calculadamente obtuvo información, subrepticia e ilegalmente, para que alguien ganara algo, en el caso de Snowden: el gobierno de Estados Unidos y sus socios, y en el otro, uno que se aprovechó de la soberbia de la regidora, un rival político, seguramente, otro codicioso viendo por sus intereses personales. Sí, parecería una desmesura la comparación, quizá lo sea… pero dejémosla correr porque en ambos hay un acto similar, en el primero condenamos la práctica del espionaje y en el otro la pasamos por alto, es tan sustanciosamente morboso lo que sucede con Ayón, la gandaya que recibe una tunda, que nos contentamos con verla caer y rebotar, y ahí nos quedamos: comparsas de un duelo por el poder más vulgar, que nos arrastra a la iniquidad y no nos danos cuenta, porque para la tribuna lo importante ya sucedió: la ex regidora está empantanada en su lodo, en el que siempre lo estuvo, en cadena nacional. Pero quien le dio el empujón último –hubo otros– para despeñarla y quien la suplirá, no instaurarán una moral nueva, tampoco el gobierno municipal de Guadalajara, o algún otro, cambiará radicalmente su desempeño.

Las tecnologías de la información y la comunicación, en términos de su impacto en nuestra relación con los gobernantes, no terminan por tomar un cuerpo definitivo, aún tienen la cualidad de espejismo en el desierto: a lo lejos, aunque estén cerca, se revelan como oasis en el que saciaremos la sed, y no sabemos si sólo la de venganza o también la de justicia. Por lo pronto, el páramo de la cosa pública no es el mismo luego de que por la vía de Internet accedemos a documentos, e infamias, cómo sólo en la ficción detectivesca era posible, y podemos tramar y destramar redes según lo requieran las circunstancias: para derrocar un tirano en el Medio Oriente, para evidenciar las taras de un político que de cualquier forma llegó a ser Presidente o para hacer sentir el peso de la inconformidad social ante, por ejemplo, el desempleo, el modelo económico o la prepotencia. Aunque una de las virtudes de esas tecnologías es también su limitación: son tantos los temas en los cuales es imprescindible incidir, desde fuera de sus cerrados círculos históricos, que pasamos de uno a otro sin esperar, sin presionar para que la intervención pase del maquillaje. Pero tomemos momentos efímeros de triunfo: esas tecnologías y algo de celebrable que hay en el caso de Elisa Ayón.

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