Ciencia política vs. Ciencias ocultas

Con superficialidad se ha criticado el magno exorcismo que un grupo practicó en San Luis Potosí en mayo, con don Juan Sandoval Íñiguez en control del hisopo y el sahumerio. Ocho exorcistas expertos, un obispo, un arzobispo emérito y un demonólogo español (según reportó El Universal el 19 de junio) se reunieron en la catedral de la capital potosina para de una vez y para siempre “expulsar al maligno de toda la nación”. Digo que las críticas fueron superficiales porque quienes han medido socarrona o incrédulamente el evento no piensan en el significado hondo del ritual: una parte visible y poderosa de la jerarquía católica prefiere tratar de enderezar al país con armas metafísicas, cuya efectividad está por verse, porque renuncia a las soluciones que pudieran proveer el gobierno, la sociedad civil o la iniciativa privada. Aunque es lógico, según Juan Sandoval: “la puerta que se le abrió al demonio en México es la legalización del aborto”; así que es previsible que el dilatado exorcismo tendrá daños colaterales, pues ese pórtico también contribuyó a abrirlo una porción de la sociedad en su afán por ser incluyente y justa, la misma sociedad que no ha podido cerrar otros canceles merced a los cuales el malora de la Biblia ha podido campear a sus anchas por entre la humanidad propensa el pecado e indefensa ante los poderosos con patente de corso; por ejemplo la Inquisición dejó secularmente sin tranca un portón inmenso, o esa otra entrada indiscreta, la pederastia, tolerada por los que creen en conjuros, que está permanentemente entreabierta. Lo malo es que los sistemas que mediante la civilización nos hemos dado para ahuyentar al mal, en forma de leyes y códigos, nomás no surten efecto contundente contra los emisarios dañosos disfrazados de corderos. Si vemos ese magno exorcismo con la profundidad que la emergencia nacional reclama, con la seriedad que la Iglesia le da a ese tema, más bien equivale a la unción de los santos óleos para la desfalleciente patria, luce como una claudicación. Pero si lo calibramos como consecuencia de impulsos políticos, tal vez es un distractor para no poner nombres y apellidos a los malvivientes que en verdad azuelan a México, ésos que proponen remedios fatuos que únicamente los satisfacen a ellos; o ensalmos envueltos en cultos efectistas, dignos de la nota roja, o discursos hueros, dignos del autoritarismo.

Por ejemplo, el presidente Peña Nieto, influenciado por la ola de culpar a lo inasible y sugerir extirparlo mediante sortilegios, hace unos días se proclamó domador de la condición humana. ¿Se referirá a ésa que el “Génesis” bíblico describe y que propició la pérdida del Edén, es decir, el ansia por saber y la capacidad para discernir entre el bien y el mal? Ojalá no, a pesar de qué nada le gustaría más que tener gobernados mansos. El caso es que Peña Nieto está convertido en antropólogo; hace meses una iluminación súbita pareció derrotarlo: la corrupción es cultural, declaró, e insinuó: luego entonces, imbatible, aunque por lo que aseguró días atrás, ya se repuso: el Estado que él encabeza y la sociedad a la que representa, contó MILENIO, “están domando la condición humana para obligarla a la apertura y la transparencia”. No fue explícito como el arzobispo emérito, que dio la alineación que puso en juego para el magno exorcismo, y no supimos si para lograr el fin que presumió trajo algún afamado domador de la Humana conditio o en dónde se congregaron para lograr domesticar a la incontrolable señora. Preocupa que los ejemplos históricos de intentos por aplacar la condición humana se refieren a tiranías o, cuando más dulce ha sido esa voluntad, a segregaciones de aquellas y aquellos aquejados de la intensa e ineluctable condición humana.

Los signos no son alentadores: exorcistas o domadores, o los dos al mismo tiempo. Pronto habrá que suplir a los medios de comunicación por ouijas, para ver si algo alcanzamos a colegir, o de plano terminamos de abrir las puertas, total.

 

 

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